Comentario: El diablo viste a la moda 2, la secuela que nadie pidió y que, sin embargo, tiene algo que decir
- Por Esteban Beaumont
Veinte años han pasado desde que conocimos a Miranda Priestly, ícono de la moda y pilar de la redefinición del villano en la ficción contemporánea. Dos décadas en las que El diablo viste a la moda se convirtió en una pieza trascendental de aquella comedia romántica -aunque con tintes de coming-of-age- de mediados de los dos mil. Su historia trascendió con el mayor honor pop de nuestros tiempos: los memes. Internet llevó la obra al debate filosófico sobre la villanía y a discutir cómo Nate, el sufrido y poco empático novio de Andy, era la reencarnación de Lucifer en la Tierra. Fue el tiempo suficiente para que la película del poco memorable David Frankel se instalara en el escaparate de las obras imprescindibles. Y ahora, sin que nadie la pidiera, llegó la secuela.
Volví a abrir el melón de "¿quién es el real villano?" entre mis amigos. No por defender a Nate -que, por lo demás, lo hago-, sino por tratar de entender si aquello que definió la conversación en torno a la obra original se mantenía presente. ¿Qué puede contarme esta secuela? ¿Qué elemento nuevo puede entregar? Si algo definió a la película de 2006 fue su humana construcción de personajes: la jefa tóxica y diabólica que ejerce un magnetismo de Estocolmo ineludible; la lucha de Andy por definir su futuro e ideales; lo contradictorio del actuar de Nate y la codicia imparable de Emily. Son humanos porque son imperfectos.
Entonces… El diablo viste a la moda 2 llega a los cines. Y vaya sorpresa: no solo renueva la idea del capitalismo voraz, sino que redobla la apuesta en torno a la búsqueda de los sueños, la vida ideal y los sacrificios que estamos dispuestos a hacer. Si bien comienza como un espejo de la primera -como la mayoría de las secuelas marketineras actuales-, busca emprender el vuelo y hallar identidad propia al llegar al segundo acto.
El periodismo está en crisis. Las grandes compañías buscan maximizar ganancias y, de paso, adormecer cualquier atisbo de identidad. Andy una sobreestimulada Anne Hathaway- vuelve a trabajar en Runway justo cuando la revista atraviesa una crisis financiera. Nos reencontramos con una Miranda -Meryl Streep- sobrepasada por la era de la corrección política y la tiranía de Recursos Humanos, lo que da paso a algunos de los gags más hilarantes de la cinta. Porque sí, es una película chistosísima.
Si bien la primera entrega descansaba sobremanera en la novela original -allí radicaban sus fortalezas-, la secuela es pura imaginación de Aline Brosh McKenna. No hay un desarrollo de personajes tan elaborado; ni siquiera los rostros conocidos llegan a ser tan interesantes como cuando los conocimos -tal vez con la excepción del de Emily Blunt-. Pero la película logra ser sumamente divertida. El ritmo es frenético y, cuando toca la tecla dramática, convence.

La inclusión de Justin Theroux es un hallazgo. Su personaje —una especie de Jeff Bezos con menos habilidades blandas— es hilarante, y su dinámica con Emily Charlton es de lo que más disfruta el filme. No vale la pena detenerse en el apartado técnico; la cinta se encarrila sola ante la pasividad de David Frankel, un director por encargo que no hizo nada más interesante después de 2006 —tal vez Marley y yo, pero démosle más crédito al labrador—. Es una película sin identidad visual y de montaje plano.
Volviendo al debate importante: ¿qué nos hizo pensar que Nate era el villano? Sí, como pareja no es un "partidazo", pero sus inquietudes eran legítimas y humanas. ¿Qué tiene Miranda que, pese a sus defectos, terminamos empatizando más con ella? La villanía está de moda. Por lo demás, Priestly no es una jefa tan malvada como muchos de los jefes que pululan en las oficinas reales.
Tal vez Nate nos cae mal porque sus sueños no implicaron una pérdida profunda. Se mudó a Boston y suponemos que se volvió un chef respetado. Andy, en cambio, se demoró años en encontrar su sentido en el mundo: perdió a su pareja, no pudo pasar una noche en paz con su padre y sus amigas se alejaron. Miranda, por su parte, dejó todo por cumplir su meta de convertirse en esa figura déspota, tan respetada como temida.
¿Qué nos cuenta esta secuela? Que siempre hay un precio que pagar. Y al igual que el periodismo de Andy, mientras haya algo que contar, hay que intentar hacerlo de la mejor manera posible.
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