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Exterminio: El Templo de los Huesos y la apuesta de Nia DaCosta por un horror más humano

Caen las civilizaciones, se rompe el statu quo y el orden mundial no cambia: es aplastado. En este escenario, la cultura pop se posiciona como una inesperada clave espiritual. El 2026 arranca con su primer gran estreno de la mano del terror, uno de los géneros más rentables del año (el récord de nominaciones de Sinners en los Oscar es prueba de ello). Ya está en los cines Exterminio: El Templo de los Huesos, secuela directa de Exterminio: La evolución y continuación del legado de aquella saga de infectados que revolucionó el género en 2002 con Danny Boyle y Alex Garland.

Esta entrega es una continuación inmediata de lo visto el año pasado; de hecho, ambas cintas fueron filmadas simultáneamente. Sin embargo, esta vez la silla de dirección la ocupa Nia DaCosta. Con una filmografía de resultados dispares -desde el excelente remake de Candyman hasta la fallida The Marvels-, DaCosta posee una mirada autoral innegable. Y decide defenderla: alejándose del sello frenético y el pulso nervioso de Boyle, la directora apuesta aquí por una narrativa mucho más pausada.

Si la cinta anterior era un terror visceral de infectados desnudos, estética sucia y destellos de humanidad, esta película invierte la fórmula: es un terror crudo protagonizado por humanos, con focos de empatía y zombies que parecen buscar una extraña limpieza.

Retomamos la historia justo donde la dejamos. Spike (Alfie Williams) se cruza con la colorida y sádica banda de Sir Lord Jimmy Crystal (Jack O’Connell). Todo esto ocurre mientras el Dr. Ian Kelson (Ralph Fiennes) vive su propia existencia de outsider junto a Samson (Chi Lewis-Parry), un zombie imponente y peculiar. Aunque el abismo estilístico entre ambos directores es diametral, las sólidas actuaciones y el guion convierten a El Templo de los Huesos en una historia sórdida y fascinante. Es cierto que, por momentos, la trama peca de lugares comunes que recuerdan a un spin-off de The Walking Dead —un pecado en una saga que nació para romper moldes—, pero sus aciertos son demasiado potentes para ignorarlos.

Por un lado, destaca el arco de Spike, un niño que rompe el cascarón de la infancia para sobrevivir como hombre, secuestrado por una banda de locos que citan a los Teletubbies en una clara, aunque retorcida, reivindicación de símbolos culturales. Esta dinámica entrega tanto los momentos más planos como los más tenebrosos: cuando el grupo activa su modo "psicópata", genera una incomodidad real mediante la expansión del horror.

Fuera de esa secuencia, lo verdaderamente interesante recae en el personaje de Ralph Fiennes. Sin una ejecución perfecta, DaCosta recupera uno de los elementos más provocativos del cine de George Romero, el padre del género. Al igual que en Day of the Dead (1985), donde el zombie "Bub" rompió el paradigma de la masa descerebrada al mostrar memoria y aprendizaje, DaCosta trabaja con singular precisión el vínculo entre el humano y la bestia. Samson, el zombie alfa que aterrorizó en la película anterior, protagoniza aquí un vínculo emotivo que profundiza la base humanitaria planteada en el tercer acto de la precuela.

Y luego está el acto final. El bendito (o maldito) acto final. Ralph Fiennes lidera una de las secuencias más entretenidas, vibrantes y diabólicas del cine moderno. Entre los acordes de Iron Maiden se construye un festín de excesos que nos recuerda la inabarcable grandeza de la pantalla grande. Porque el cine no es solo la construcción de narrativas dramáticas; también son esas secuencias que erizan la piel y dejan una sonrisa en la cara, algo sumamente difícil en estos tiempos.

El Templo de los Huesos, sin ser una obra maestra y a pesar de un desarrollo a veces estático, se sostiene gracias a la pluma de Alex Garland y a una seguidilla de escenas ultraviolentas y divertidas.

Que suene The Number of the Beast.

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