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Columna de Mauricio Morales: "Humo amigo"

Por Mauricio Morales, doctor en Ciencia Política, profesor titular, Universidad de Talca-Campus Santiago.

Hay distintas formas de debilitar a un gobierno desde dentro. Una de ellas es el denominado “fuego amigo”, que consiste simplemente en que determinados líderes o dirigentes oficialistas critican el accionar del presidente o de sus ministros. En la política noventera, este tipo de situaciones se daban en la interna y pocas veces se transparentaban ante los medios de comunicación. De un tiempo a esta parte, sin embargo, el fuego amigo está de moda y nadie se sorprende de que los cuestionamientos internos a un gobierno sean motivo de debate público.

Sabemos, eso sí, que es mucho más doloroso recibir patadas en las canillas de los propios que de la oposición, pero es cosa de acostumbrarse. Lo que no habíamos visto con tanta claridad era otra conducta. Me refiero al “humo amigo”, que defino como una práctica propia de los partidos que forman parte de un gobierno o que se sienten cercanos a él, y que consiste en presentar propuestas alejadas de sus prioridades.

Son iniciativas que distraen, confunden, desordenan y terminan por torcer la agenda del Ejecutivo. Estas dos últimas semanas, por ejemplo, hemos visto al Partido Republicano —sí, el partido del presidente Kast— sugerir la posibilidad de privatizar Codelco, total o parcialmente, y reducir el tamaño de la Cámara de Diputados de 155 a 120 escaños.

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El Partido Nacional Libertario, que no forma parte del gobierno, pero sí es programáticamente cercano, ha presentado el proyecto de ley “Escucha su corazón”, además de oponerse a la denominada “ideología de género”, desafiar a organismos internacionales como la ONU y abrir una nueva batalla cultural. ¿Qué tiene que ver todo esto con las emergencias que el gobierno se propone abordar y resolver en materia de seguridad pública, economía, empleo y migración? Nada. Absolutamente nada.

El gobierno, entonces, tiene un tremendo problema. Es cierto que la oposición no ha sido capaz de levantar una propuesta común y que se encuentra en un estado de ausencia francamente inédito, pero en algún momento va a despertar. El entuerto, en todo caso, es otro. Mientras Kast y su equipo insisten en que el gobierno debe orientarse a las emergencias, republicanos y libertarios nos quieren convencer de lo contrario. Para ellos, o nunca hubo esas consabidas emergencias, o el gobierno ha sido tan efectivo que dichas emergencias ya no existen. No hay otra posibilidad, pues las propuestas que ambos partidos intentan instalar en el debate público no guardan relación, en lo más mínimo, con los objetivos prioritarios del gobierno.

En los hechos, ambos partidos terminan relativizando el diagnóstico de crisis que llevó a Kast a La Moneda y la crítica que ellos mismos formularon contra la gestión del presidente Boric. Además, sabemos que las ideas que impulsan republicanos y libertarios difícilmente se convertirán en ley, en particular el proyecto sobre aborto y la idea de privatizar Codelco. Entonces, estamos en presencia de humo. No es fuego porque no hay, al menos hasta ahora, una crítica explícita al gobierno, pero sí un intento de cambiar los términos del debate público y modificar las prioridades que ha fijado el Ejecutivo.

¿Qué hacer frente a este escenario? No mucho, si pensamos que los libertarios tienen como objetivo dar una batalla cultural en la que el presidente Kast no tiene ningún interés. Después de todo, no están en el gobierno y tienen todo el derecho a plantear las ideas que quieran. Pero lo que está pasando con los republicanos tiene una cuota adicional de gravedad. Ellos debiesen ser los primeros en cuadrarse con los objetivos que persigue el gobierno y no desviarse un milímetro de ellos.

Se sabe que hay molestia por el trato dado al PDG en el marco de la negociación del proyecto de Megarreforma. Desde Republicanos sostienen legítimamente que este tipo de acercamiento puede fortalecer las figuras de Parisi y Jiles, quienes podrían beneficiarse tanto en la presidencial de 2029 como en la senatorial de ese mismo año. Es una preocupación razonable, pero un tanto extemporánea, considerando que faltan casi cuatro años para eso.

La estrategia de instalar temas distintos de la agenda presidencial, en consecuencia, solo consigue desordenar al gobierno y obligarlo a responder preguntas que nunca quiso plantear. Los republicanos pueden tener diferencias con La Moneda, pero no pueden comportarse como un partido ajeno al gobierno que encabeza su propio líder. Si Kast pidió cuatro años para enfrentar las emergencias, su partido debiera ayudarlo a cumplir esa tarea y no llenar el debate de propuestas que distraen y difícilmente llegarán a ninguna parte. El humo amigo no derriba gobiernos, pero les hace perder tiempo, foco y autoridad. Y esas tres cosas son demasiado valiosas para desperdiciarlas.

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