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Columna de Mauricio Morales: "Los partidos contra sí mismos"

Por Mauricio Morales, doctor en Ciencia Política, profesor titular, Universidad de Talca-Campus Santiago.

Mara Sedini acusó a integrantes del oficialismo de sabotear su gestión como vocera de gobierno, relató presiones desde La Moneda y sostuvo que un dirigente partidario amenazó con destruirla en los medios de comunicación luego de que ella rechazara una solicitud de cargos. La libertad con que expuso conversaciones y conflictos internos guarda relación con el tipo de vínculo político que la llevó al gabinete, pues la categoría de independiente reúne trayectorias muy distintas.

Algunos académicos, abogados o economistas pasan décadas vinculados a centros de estudio, equipos programáticos y gobiernos de un mismo sector, de manera que carecen de militancia formal, pero acumulan redes, oportunidades y lealtades semejantes a las de cualquier dirigente partidario.

Otros construyen su entrada a la política alrededor de un liderazgo específico, como ocurrió con Sedini y José Antonio Kast, y una vez terminada esa relación quedan liberados de las obligaciones que impone una carrera desarrollada dentro de una colectividad.

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Su caso permite, entonces, abrir una discusión más amplia sobre el avance de los independientes y sobre la responsabilidad de los propios partidos en la creación del espacio que hoy ocupan.

La primera apertura surgió con las reformas aprobadas en 2015 e implementadas desde 2016, que redujeron los requisitos para formar partidos, facilitaron la afiliación y crearon un sistema permanente de financiamiento público para las colectividades legalmente constituidas. La intención era fortalecer el sistema de partidos después del fin del binominal, pero la rebaja de las barreras de entrada amplió con rapidez la oferta electoral, pues en 2012 compitieron 14 partidos en las elecciones de alcalde y en 2016, las primeras posteriores a la reforma, lo hicieron 27.

Esa mayor oferta abrió la puerta a una competencia municipal más fragmentada, aunque el cambio decisivo llegó con el límite a la reelección, cuyo propósito era producir rotación y renovación dentro de los propios partidos. Su aplicación dejó fuera de competencia a 99 alcaldes en 2021 y a otros 69 en 2024, obligando a las colectividades a reemplazar autoridades que habían acumulado durante años reconocimiento, redes territoriales y capacidad para movilizar votos.

Así, la primera reforma multiplicó a los competidores y la segunda retiró de la papeleta a varios de los candidatos partidarios más fuertes, mientras los partidos conservaron sus etiquetas, pero enfrentaron enormes dificultades para transferir el capital político del alcalde impedido a quien debía sucederlo.

Esa combinación se refleja en la trayectoria de los independientes fuera de pacto. Entre 2004 y 2012 representaron en promedio el 22,7% de las candidaturas a alcalde, proporción que subió al 26,1% en 2016, al 39,1% en 2021 y al 43,6% en 2024, cuando compitieron 686 independientes fuera de pacto entre 1.573 candidatos. Su crecimiento en la oferta también se convirtió en victorias, pues obtuvieron 32 alcaldías en 2004, 41 en 2012 y 52 en 2016, para luego saltar a 105 en 2021 y mantenerse en 104 en 2024. La misma tendencia aparece al considerar la población gobernada, ya que en 2004 estos alcaldes administraban municipios que reunían menos del 10% de los habitantes del país, después de la reforma partidaria de 2016 esa proporción se acercó al 15% y desde 2021 supera el 25%, mientras los partidos pasaron de gobernar municipios que concentraban cerca de dos tercios de la población a administrar menos de la mitad.

Estas cifras describen una secuencia que exige análisis adicionales para establecer el efecto específico de cada reforma, pero también muestran una paradoja difícil de ignorar. Los partidos modificaron las reglas para fortalecerse, ampliar la representación y renovar sus cuadros, mientras la política municipal avanzó en la dirección opuesta y entregó cada vez más espacio a candidatos que compiten fuera de sus pactos.

La polémica de Sedini sirve como excusa para mirar un proceso mucho más profundo, en el que las colectividades pierden control sobre la selección de autoridades, sobre la construcción de las carreras políticas y sobre las lealtades de quienes llegan al poder. En su intento por renovarse y fortalecerse, los partidos pueden haber creado las condiciones para hacerse cada vez menos necesarios.

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