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Columna de Mauricio Morales: "La paciencia se agota"

Por Mauricio Morales, doctor en Ciencia Política, profesor titular, Universidad de Talca-Campus Santiago.

La reciente encuesta CADEM muestra que la aprobación presidencial llega apenas al 37%, mientras que la desaprobación alcanza el 60%. Si se calcula el diferencial entre ambas cifras, Kast enfrenta su peor registro desde que llegó a La Moneda. Hasta hace poco, y considerando la serie completa de esta encuesta, todo parecía indicar que el piso de aprobación era del 40%. Sin embargo, si se analizan los datos de la encuesta Panel Ciudadano-UDD, dicho piso sería solo del 30%, correspondiente al núcleo duro que respalda al gobierno casi sin importar el contexto político o económico.

Por otro lado, la última CADEM que midió la popularidad de los ministros mostró que el gabinete descansa prácticamente en dos figuras: Martín Arrau e Iván Poduje. Ellos son, por ahora, los diques de contención de un gobierno que podría hundirse mucho más rápido en la desaprobación. Ambos son ministros activos, con presencia pública y despliegue territorial. Arrau no se cansa de hacer operativos y Poduje, más allá de las competencias específicas de su ministerio, ha entrado con fuerza en asuntos de seguridad pública, especialmente a propósito de las tomas de terreno. Pero ningún ministro, por más eficiente o popular que sea, puede compensar indefinidamente una economía en retroceso.

¿Qué hacer, entonces? Primero, el gobierno debiese entender que la paciencia se agota. Aunque suene conceptualmente extemporáneo, Kast todavía parece vivir la última fase de su luna de miel. De lo contrario, cuesta explicar una aprobación relativamente alta en medio del cuadro económico que enfrenta el país. Es más. Si se analiza la distribución de los apoyos al gobierno según el nivel socioeconómico de las personas, casi no hay diferencias entre los segmentos de mayores y menores ingresos. Ese dato puede parecer tranquilizador, pero es una advertencia.

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Si las cifras de inflación, desempleo y crecimiento siguen siendo deprimentes, los segmentos populares serán los primeros en manifestar su descontento.

Segundo, el gobierno debe definir una posición clara sobre su megareforma. Al comienzo, todo indicaba que las mayorías se harían respetar y que 26 votos en el Senado bastaban para salir del atolladero. Hoy, tras la intervención de la presidenta del Senado, el escenario parece encaminarse hacia una mesa de negociación con la oposición. El problema es que esa mesa probablemente no produzca un acuerdo sustantivo, salvo que el ministro Quiroz capitule y entregue el proyecto a los políticos.

Bajo esas condiciones, podría abrirse espacio para una reforma más consensuada, pero el costo sería la salida de Quiroz del gabinete. ¿O alguien cree seriamente que el ministro podría seguir en su cargo después de que su proyecto estrella sea intervenido, corregido y, finalmente, rediseñado por la oposición?

Tercero, Kast debe resolver un problema de conducción política. Es jefe de Estado y jefe de gobierno, pero no cuenta ni de cerca con una coalición disciplinada a la que dirigir. Esa debilidad reduce su liderazgo en el sector y genera un vacío de poder. En ese vacío, cualquier dirigente de los partidos oficialistas puede decir lo que quiera sin pagar costos reales. Es comprensible que Kast no tenga entre sus prioridades la construcción de una coalición clásica, pero la consecuencia de esa decisión es un conflicto permanente. Ya se vio con las críticas de Matthei al gobierno, con Schalper cuestionando a quienes defendieron la acusación constitucional contra Grau y con Núñez apuntando contra Quiroz por la forma en que se ha conducido el proyecto emblemático del Ejecutivo.

Todo indica que las cifras económicas no mejorarán significativamente en el corto plazo, y también parece evidente que el gobierno está empujando la agenda de seguridad como un muro de contención frente a un mayor desplome de su aprobación.

La apuesta puede servir por un tiempo, pero no resuelve el problema de fondo. La economía, tarde o temprano, siempre pasa la cuenta. Y es acá donde el gobierno deberá tomar una decisión clave que pasa necesariamente por estudiar planes de apoyo para los segmentos más vulnerables y por otorgar ciertos beneficios a las clases medias. Ya no queda margen para la épica, a estas alturas difuminada, ni para la soberbia tecnocrática, fuertemente cuestionada. Si la economía golpea los hogares, la paciencia se acaba. No hay otra salida.

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