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Columna de Mauricio Morales: "El Paulinazo"

Por Mauricio Morales, doctor en Ciencia Política, profesor titular, Universidad de Talca-Campus Santiago.

Las dos protagonistas de la semana fueron Paulina Vodanovic y Paulina Núñez. La presidenta del PS quedó atrapada en una disputa a muerte dentro de su partido con la senadora Daniela Cicardini. Con videos, cartas y acusaciones cruzadas, ambas se dijeron de todo. Vodanovic sostenía, razonablemente, que dialogar con el gobierno sobre la megareforma no equivalía a negociar a título personal.

Cicardini, senadora por Atacama, respondía que la mesa del partido estaba corriendo con colores propios y que incluso parecía actuar en colusión con el ministro Quiroz. Casi al mismo tiempo, la otra Paulina, la presidenta del Senado, hacía grandes esfuerzos para sumar apoyos al proyecto del gobierno. Núñez instaló una mesa de negociación con los partidos de oposición y consiguió sentar en ella al propio ministro Quiroz, cuyo objetivo es aprobar la reforma sea como sea.

El ministro ya no quiere seguir conversando y solo espera que el próximo miércoles 15 de julio el Senado reúna los 26 votos necesarios para alzarse con la victoria. Núñez, en cambio, nunca bajó la guardia.

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Mientras algunos dirigentes de su propio sector se burlaban de la supuesta inutilidad de conversar con los partidos de izquierda, ella avanzó hasta alcanzar un acuerdo con senadores del PPD, especialmente en materia de invariabilidad tributaria. La fórmula consistía en escalonar dicha invariabilidad en función del monto invertido.

Un proyecto superior a 350 millones de dólares podría acceder a una invariabilidad tributaria de 20 años, mientras que una inversión de entre 50 y 100 millones de dólares podría obtenerla durante 10 años. Nadie esperaba un acuerdo de esas características. Cuando lo consiguió, Núñez apareció sonriente en el punto de prensa, como si quisiera dar una clase a sus críticos sobre cómo se hace política.

Demostró, además, que todavía es posible construir liderazgos intensos desde el centro, sin faramalla, sin verso, sin agresividad ni descalificaciones. Hizo algo que en los años noventa era habitual, pero que hoy, ridículamente, algunos confunden con cobardía o falta de identidad. A los senadores del PPD, en tanto, les dijeron de todo. Los acusaron incluso de haberse vendido al gobierno, aunque para otros, como el ministro Claudio Alvarado, su decisión fue una muestra de valentía.

Hasta el viernes, todo parecía favorecer al oficialismo. La disputa interna del PS seguía escalando y el acuerdo entre el gobierno y algunos senadores del PPD ya estaba cerrado. Dos partidos importantes de la oposición aparecían fracturados, mientras el gobierno aprovechaba esas divisiones para asegurar los votos a favor de la reforma.

¿Qué podía salir mal? En el PS, además, el conflicto está lejos de terminar. El próximo año, el partido deberá elegir la mesa que conducirá sus decisiones de cara a las elecciones municipales de 2028 y a las presidenciales y legislativas de 2029.

La disputa de esta semana, por tanto, fue apenas el comienzo de una batalla mucho más larga. En el PPD, la fractura también era evidente. Mientras la directiva apoyaba la decisión de acudir al Tribunal Constitucional, el exsenador Ricardo Lagos Weber insistía en que la negociación era el camino correcto, respaldando así a los senadores que habían pactado con el gobierno.

El oficialismo, en consecuencia, parecía tener el camino despejado para llegar a la discusión en particular con 29 votos. Pero como en política abundan la torpeza y la mezquindad, el ministro Quiroz derribó, de manera incomprensible, todo lo que tanto había costado construir. En una jugada que sólo puede entenderse como una búsqueda de protagonismo, introdujo una indicación para rebajar el impuesto corporativo del 23% al 22%, una materia que no formaba parte del acuerdo con el PPD.

¿Qué pasó? ¿Por qué Quiroz tomó una decisión tan irracional que incluso le valió un fuerte tirón de orejas del ministro Alvarado? ¿Qué pretendía conseguir con esa indicación? ¿Esperaba acaso que los senadores del PPD fueran tan ineptos como para no advertir un cambio de esa magnitud? No es fácil responder a estas preguntas.

Una primera interpretación es que Quiroz firmó a regañadientes el acuerdo con el PPD y luego advirtió que el protagonismo y los aplausos se los llevaba Paulina Núñez, mientras él quedaba relegado a un papel secundario. El acuerdo, además, se alejaba de su proyecto original, por lo que debía aceptar que el eventual éxito de la reforma ya no sería exclusivamente suyo, sino compartido con otros. Y eso, al parecer, no le gustó.

Una segunda interpretación, más ingenua, es que simplemente intentó pasar gato por liebre y fracasó, procurando posteriormente presentar el episodio como una mera confusión entre las partes. Pero aceptar esa explicación obligaría a pensar que Quiroz actúa como un kamikaze, dispuesto a jugarse todo por una ventaja pírrica. En otras palabras, por intentar recuperar protagonismo, estuvo dispuesto a dinamitar el acuerdo por completo.

De todo este episodio, sin embargo, también pueden extraerse conclusiones positivas. El “Paulinazo” es útil cuando sirve para abrir espacios de diálogo, ordenar posiciones y desafiar a quienes han convertido la intransigencia en una virtud. Cualquiera que sea el resultado de la votación del miércoles, esta semana dejó una señal valiosa.

Por fin apareció un liderazgo dispuesto a plantarse frente a los extremos y a defender la política como un ejercicio de negociación. Ese liderazgo fue el de Paulina Núñez. Puede que no exista un consenso amplio y que el acuerdo finalmente fracase, pero al menos hay dirigentes dispuestos a conversar, ceder y buscar entendimientos, haciendo caso omiso de las barras bravas que tanto daño le han hecho al país.

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