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El único secuestro aéreo sin resolver de la historia: un hombre saltó de un Boeing 727 con 200.000 dólares en 1971 y desapareció

Cada 24 de noviembre, en algún lugar del noroeste del Pacífico estadounidense, alguien vuelve a preguntarse qué pasó esa noche. El caso NORJAK —abreviatura de Northwest Hijacking— es el único secuestro aéreo comercial que sigue oficialmente sin resolver en toda la historia de la aviación. El FBI mantuvo la investigación abierta durante 45 años y examinó a más de 800 sospechosos antes de suspender formalmente el caso en 2016. Ninguno pudo ser identificado como el hombre que aquella noche saltó de un Boeing 727 con doscientos mil dólares atados a la cintura y desapareció sobre los bosques de Washington bajo una tormenta.

Su nombre real nunca se conoció. Pasó a la historia por un error de una agencia de noticias que transformó el alias con el que había comprado el pasaje —Dan Cooper— en el acrónimo con el que sería recordado para siempre: D.B. Cooper.

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Un pasaje de 20 dólares y una nota manuscrita

Era la víspera del Día de Acción de Gracias de 1971. En el Aeropuerto Internacional de Portland, un hombre de aproximadamente 40 a 45 años, tez morena, contextura mediana, cabello oscuro y ojos color café pagó 20 dólares en efectivo por un billete de solo ida al Aeropuerto Internacional de Seattle-Tacoma. Vestía traje oscuro, camisa blanca, corbata negra de clip con un pasador dorado adornado con una perla y gafas de sol. Llevaba un maletín negro.

En aquellos años, la seguridad aeroportuaria era prácticamente inexistente. No había detectores de metales, no se inspeccionaba el equipaje de mano y no se pedía identificación para comprar pasajes en efectivo. Cooper —o quien fuera— pasó por los mostradores sin dejar rastro, mostró el billete, ocupó su asiento (el 18C o 18E, según distintas actas de la investigación) y esperó a que el Boeing 727-100 matrícula N467US despegara con 36 pasajeros y 6 tripulantes a bordo.

A las 14:50 hora del Pacífico, el avión estaba en el aire. Minutos después del despegue, Cooper entregó una nota manuscrita a la asistente de vuelo Florence Schaffner. Ella, acostumbrada a recibir números de teléfono de pasajeros solitarios, guardó el papel sin leerlo. Cooper se inclinó hacia ella y le susurró al oído que llevaba una bomba en el maletín.

Cuando Schaffner abrió la nota, Cooper le mostró brevemente el interior del maletín. Adentro se veían cilindros rojos, una batería y un entramado de cables. Sus exigencias eran claras: 200.000 dólares en billetes de 20 no marcados y cuatro paracaídas —dos principales y dos de reserva—, todo listo al momento de aterrizar en Seattle.

Dos horas girando sobre Puget Sound

Mientras el vuelo 305 seguía en el aire, el FBI, la Policía de Seattle y la aerolínea Northwest Orient movilizaron todos sus recursos. Reunir 200.000 dólares en efectivo en billetes de 20 no era simple —equivalen a 10.000 billetes físicos, aproximadamente 9,5 kilogramos de papel moneda—, y los paracaídas debieron ser conseguidos de forma apresurada en una escuela de paracaidismo local.

Para dar tiempo a la operación, la tripulación mantuvo la aeronave dando vueltas en un patrón de espera sobre Puget Sound durante casi dos horas. Los pasajeros no sabían nada. Cooper les había pedido a las azafatas que les dijeran que había un problema mecánico menor. Fumó ocho cigarrillos de la marca Raleigh durante la espera, sentado en su asiento, aparentemente tranquilo, mirando por la ventanilla el atardecer sobre el estrecho.

A las 17:39, el vuelo 305 aterrizó en Seattle-Tacoma. El gerente de operaciones de Northwest Orient, Al Lee, entregó personalmente la bolsa con el dinero y los cuatro paracaídas en la pista, en una zona aislada y bien iluminada. Cooper inspeccionó todo, liberó a los 36 pasajeros y a dos de las azafatas, y ordenó al piloto y al copiloto que se prepararan para un nuevo despegue. Destino: Ciudad de México.

Un salto imposible bajo la lluvia

Aquí es donde comienza la parte que reveló que el hombre no era un delincuente improvisado. Cooper dio instrucciones aeronáuticas muy específicas al piloto William Scott: mantener la aeronave por debajo de los 3.000 metros de altitud, volar a una velocidad reducida cercana a los 185 nudos (unos 340 km/h), dejar el tren de aterrizaje desplegado y los flaps parcialmente extendidos. Todos parámetros que solo tienen sentido si el pasajero sabía exactamente qué iba a hacer a continuación.

El Boeing 727-100 tenía una característica técnica particular que Cooper conocía a la perfección: una escalera ventral trasera —conocida como aft airstair— que podía desplegarse mecánicamente desde el interior de la aeronave sin comprometer la integridad estructural del avión, siempre que la velocidad y la altitud se mantuvieran bajas. Ningún otro modelo comercial de la época tenía esa característica. Cooper había elegido específicamente ese avión.

A las 19:40, el vuelo 305 despegó de Seattle rumbo al sur. Solo quedaban a bordo el piloto, el copiloto, el ingeniero de vuelo Harold Anderson y la azafata Tina Mucklow. Dos aviones de combate F-106 y un entrenador T-33 de la Fuerza Aérea lo siguieron a distancia, obligados a volar en patrones de "S" para no sobrepasar la velocidad reducida del trimotor comercial.

Cooper ordenó a Mucklow que se recluyera en la cabina de mando y cerrara la puerta. Luego ató la bolsa con los 200.000 dólares a su cintura con cuerdas que arrancó de uno de los paracaídas de repuesto, se colocó el paracaídas principal y desplegó la escalera trasera.

A las 20:13 hora del Pacífico, los pilotos registraron un repentino movimiento ascendente de la sección de cola de la nave —lo que técnicamente se llama tail pitch—, causado por la variación repentina de peso. Cooper había saltado. Volaban sobre el suroeste del estado de Washington, en plena noche, bajo una tormenta con lluvia torrencial, temperaturas bajo cero y nubosidad total.

Nadie volvió a verlo con vida.

Ocho colillas, una corbata y una investigación de 45 años

Cuando el vuelo 305 aterrizó finalmente en Reno, Nevada, a las 22:15, los agentes del FBI subieron a bordo y procesaron el asiento 18E como una escena del crimen. Los indicios físicos eran escasos: ocho colillas de cigarrillo Raleigh, dos muestras de cabello (una de la cabeza y una de una extremidad), y la corbata negra de clip marca JCPenney —un modelo descontinuado en 1968— con su pasador dorado de perla, que Cooper se había quitado antes del salto y dejado sobre el asiento.

El FBI bautizó la investigación como NORJAK y desplegó la mayor búsqueda de un fugitivo individual en la historia moderna del organismo. Rastrearon durante semanas los bosques del suroeste de Washington con helicópteros, unidades caninas, submarinistas en los ríos y patrullas terrestres. No encontraron rastros del paracaídas, ni del cuerpo, ni de la bolsa del dinero. Nada.

Con los años, la lista de sospechosos investigados y descartados creció hasta superar los 800 nombres. Entre los más analizados figuraron Richard McCoy Jr. —un veterano de Vietnam y paracaidista militar que replicó un secuestro casi idéntico en un Boeing 727 apenas cinco meses después, en abril de 1972, saltando con 500.000 dólares—, Robert Rackstraw, Sheridan Peterson —un exempleado de Boeing paracaidista— y Duane Weber, quien confesó ser Cooper en su lecho de muerte. Todos fueron descartados por análisis de huellas, comparaciones de ADN o coartadas verificables.

El niño en la playa y la única pista real

Durante más de ocho años, la investigación estuvo completamente paralizada. Hasta que en febrero de 1980, un niño de ocho años llamado Brian Ingram preparaba una fogata familiar en la playa fluvial de Tena Bar, a orillas del río Columbia, a unos nueve kilómetros aguas abajo de Vancouver, Washington. Mientras removía la arena, desenterró tres paquetes de billetes deteriorados de veinte dólares.

El FBI confirmó que los 5.800 dólares recuperados pertenecían al botín del secuestro. Los paquetes aún conservaban las bandas elásticas originales y el orden secuencial en el que habían sido empaquetados en Seattle nueve años antes. Fue la primera —y sigue siendo la única— evidencia física verificable relacionada con el salto de Cooper.

Décadas después, análisis científicos independientes hicieron los billetes revelar aún más. En 2009, el paleontólogo Tom Kaye del Museo Burke de Historia Natural de Seattle detectó en los billetes rastros de diatomeas —algas microscópicas— cuyo florecimiento se produce exclusivamente en primavera y verano. Esto significa que los billetes no cayeron al río la noche de noviembre de 1971, sino que llegaron al agua meses o años después, planteando la posibilidad de que Cooper —o alguien más— hubiese enterrado el dinero primero y este fuera arrastrado posteriormente por escorrentías o intervención humana.

En julio de 2016, tras 45 años de investigación activa, el FBI suspendió oficialmente el caso NORJAK y reasignó sus recursos a otras prioridades. El expediente quedó inactivo pero no cerrado: cualquier evidencia física nueva —el paracaídas, el resto del dinero, un cuerpo— podría reabrirlo en cualquier momento.

Han pasado más de cinco décadas desde aquella noche. Si D.B. Cooper sobrevivió al salto, hoy tendría más de 90 años. Si murió al aterrizar en los bosques helados de Washington, sus restos siguen sin ser encontrados en algún rincón de los millones de hectáreas de terreno que las patrullas rastrearon sin éxito.

De un modo u otro, el hombre del asiento 18E cumplió su parte del trato: dio el salto, y desapareció para siempre.

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