La guerra de los últimos: Ridley Scott vuelve al ruedo con 88 años y saca filo al cerebro
- Por Esteban Beaumont
El viento es viejo y todavía sopla. Son tiempos convulsos. El mundo gira sobre su eje alejándose de la estabilidad. El género del terror brilla cada vez que el mundo amenaza con saturarse y 2026 no es la excepción. El género se contagia desde Obsession, Backrooms y Undertone (mi favorita) a otras producciones lejanas a este noble género. La Odisea tiene minutos de absoluta tensión de la mano de Circe, The End Oak Street se transforma en un home invasion con reptiles cretácicos y Spider-Man: Brand New Day juega con la posesión momentánea de inocentes civiles. Me emocionó descubrir que, entre los tantos géneros con los que coquetea La guerra de los últimos, está el terror más visceral imaginable. Claro, si está Ridley Scott.
Inciso: la traducción latinoamericana es terrible. La película se llama The Dog Stars y tanto las estrellas como los perros cumplen un papel primordial en la historia. Desembocamos en la genérica promesa de una guerra que, como tal, no existe. Punto para España, que le puso La constelación del perro. Toca saber perder. Fin del inciso.
Ridley Scott vuelve al ruedo con 88 años. Tan curtido como en sus mejores tiempos y sacando músculo de viejo fortachón, dirige una película postapocalíptica que en su entramado de personajes, dramas y géneros demuestra que el talento no se agota y que, en épocas de poca rebeldía crítica, los viejos todavía le sacan filo al cerebro y al alma.
Protagonizada por el galán del momento, Jacob Elordi, y un simpático Josh Brolin, la historia sigue a dos sobrevivientes de un mundo destruido por un virus. En estado ermitaño, ambos pasan sus días bebiendo cerveza, paseando en avioneta, visitando a sus vecinos sobrevivientes, jugando con su perro Jasper o disparando a mansalva a los sobrevivientes que entran sin tocar.
Un mix de aventura que coquetea tanto con el terror como con el drama. Jacob es un melancólico mecánico que pierde todo, incluyendo la posibilidad de socializar. Josh Brolin, en tanto, es un estereotipo yanqui, armado hasta los dientes y cansado de socializar desde antes de que comenzara a propagarse el virus. Y en la dinámica hobbesiana de "sobrevivientes se enfrentan a sobrevivientes más malos", la historia avanza entre viajes del punto A al punto B y al C. Porque lo que importa en el cine de mundos destruidos (y de paso el de zombies) es que el mayor rival es otro ser humano. Como si ver el mundo caer no fuera suficiente para reformarnos.
Pero es en los viajes cuando Scott se hace ojitos con el género del western y, en ese momento, la película despega. Y es que Scott no pierde el toque (pese a sus últimos tropezones) y no solo encamina una seguidilla de clichés del género, desde los bisontes hasta el asalto a la diligencia (avioneta en este caso), sino que el crescendo termina con una de las secuencias más extrañas, surrealistas y fascinantes del cine de estudio de lo que va del año. Ahí Allison Janney brilla.
Y bueno, las actuaciones. Ridley Scott está desesperado por sacarle una buena actuación a Jacob Elordi dotando a su protagonista de una historia trágica y depresiva. Pero Elordi es simpático y canchero, no más. Eso lo hace súper bien. Pero cuando comparte pantalla con un hilarante Josh Brolin, una sublime Allison Janney y un elocuente Guy Pearce, poco se puede hacer.
El cine actual es, en su mayoría, conformista. La maquinaria inacabable de producciones desechables, despreocupada del mensaje, continúa vampirizando a una industria que poco quiere decir. Ahí aparece un señor de 88 años, con Gladiator, Alien, Blade Runner y Thelma and Louise en la espalda. Con un mensaje naíf pero que en tiempos de poca claridad se hace más relevante que nunca. Un bálsamo amable para personajes que, en otras circunstancias, actuarían como actúa el 95% de los protagonistas de películas postapocalípticas. Ingenuo Scott, creer que el mundo luego de una pandemia sería como es Jacob Elordi. Pasamos por una pandemia y no somos así.
Al menos veríamos las estrellas.
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