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Moana (2026): por qué el nuevo live action de Disney no logra igualar a la película animada

La historia de Disney se compone de siete eras. Desde 1937 y la seguidilla de éxitos fundacionales, como Blancanieves y los siete enanitos, pasando por el Renacimiento de Disney —tras la era oscura (1970-1988)—, que dio origen a clásicos modernos como El rey león, hasta el resurgimiento iniciado en 2009, responsable de éxitos como Moana. En el futuro, cuando observemos el panorama completo, probablemente veremos que Disney pasó de su segundo renacimiento a su etapa más oscura: la era de los live action.

Moana (2016) se convirtió en un éxito rotundo. Replicando la estructura de Frozen, Disney conquistó al público con un musical entrañable y sumamente rentable. No era difícil anticipar que, en plena moda de los live action, Mickey y compañía terminaran poniendo los ojos sobre ella. Era la siguiente historia destinada a pasar por la banda magnética del exprimidor de la nostalgia.

Dirigida por Thomas Kail (Hamilton), Moana (2026) es un calco, plano por plano, ritmo por ritmo y vestuario por vestuario, de la película original. Una búsqueda desesperada por volver a rentabilizar un fenómeno generacional, intentando convencer a la misma generación que ya había quedado cautivada por la versión animada.

Diez años después, revisitamos el mito de Moana (Catherine Laga'aia) y Maui (Dwayne Johnson). Un mito que conserva su esencia, pero que ha sido despojado de toda alma y corazón. Poco puede reprochársele a Kail: es un director por encargo que filma una película por encargo. La historia no nace de una inquietud artística o cultural, sino del deseo desesperado de generar otro éxito de taquilla.

Y no es que la película no funcione o que sea un desastre. El hecho de ser una copia casi textual de una gran película le entrega una especie de línea de crédito. La actuación de Catherine Laga'aia resulta bastante rescatable y los números musicales alcanzan, por momentos, a arañar la fantasía de la versión animada. De hecho, buena parte de "De nada" sigue estando animada.

Pero la versión de 2026 de Moana es, sobre todo, un síntoma de estos tiempos oscuros: del vaciamiento de la caja de ideas y del ímpetu por producir películas cuyo principal objetivo sea vender entradas. Ese mismo impulso provoca que Moana se vea plana, que exhiba efectos especiales deficientes y que, por momentos, parezca uno de esos montajes de Facebook titulados "Así se vería Moana en la vida real". Estamos frente a una copia 1:1, pero una copia carente de color, ritmo, cinematografía y de la magia propia de una película animada.

Cuando Disney estrenó el live action de El rey león quedó en evidencia el mayor problema de este tipo de remakes: las limitaciones del propio lenguaje cinematográfico que intentan adoptar. La animación permite crear leones antropomórficos, osos cantantes, espectáculos musicales desbordantes y semidioses ególatras capaces de desafiar cualquier regla de la realidad. Nada de eso puede replicarse con actores de carne y hueso o con efectos digitales. Son lenguajes distintos; formas narrativas distintas. Por eso Will Smith jamás pudo ofrecer un número musical comparable al del Genio animado de Aladdín. Por eso sigue resultando extraño ver a un Timón y un Pumba hiperrealistas ponerse a cantar.

Cuando revisemos la historia de Disney, la casa de animación más importante del mundo, veremos que la era de los live action no dejó una herencia artística, no inspiró a nuevos directores ni marcó a una generación. Solo produjo mucho dinero, y muy rápido, explotando la nostalgia.

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