Es por su bien, Presidente
Doctor en Ciencia Política, profesor titular, Universidad de Talca-Campus Santiago.
¿Por qué el Presidente sigue empecinado en seguir por el camino equivocado en el caso Rabat? Si bien la racionalidad política sugiere tomar decisiones claras respecto de lo que sucede con el ministro de Justicia, a veces los caprichos pueden prevalecer sobre lo que dicta el sentido común. Sin el afán de parecerme a otros columnistas de la plaza, recuerdo que Cicerón planteaba que es propio de cualquier hombre equivocarse, pero solo del necio perseverar en el error.
Muchas veces, la obstinación es la verdadera fuente de las peores decisiones de los líderes políticos, y esta crisis lo demuestra a plenitud. El Presidente, en un acto impropio del cargo que ostenta, decidió pelearse directamente en el barro con la oposición y saltar al ruedo sin medir consecuencia alguna, degradando la autoridad presidencial y colocándose al mismo nivel de los furiosos diputados que buscan asestarle un golpe del que será difícil recuperarse.
Kast tomó a Rabat entre sus brazos y no está dispuesto, al menos por ahora, a entregarlo a la oposición e incluso a los propios. ¿Qué debiese hacer el Presidente, entonces?
En primer lugar, la evidencia no parece ser el camino para convencer al Presidente. Las encuestas muestran un panorama adverso en materia de aprobación presidencial, y para qué hablar de las percepciones económicas, que son claramente lamentables. Entonces, si los datos no son suficientes para que el mandatario tome las medidas correctas, hablemos desde una perspectiva emocional.
¿Cómo pasará a la historia el Presidente Kast al mantener a Rabat en su cargo? ¿Pensará la opinión pública que él es un cómplice pasivo de la decisión del ministro? ¿No se da cuenta, acaso, de que esta conducta atenta contra los principios casi religiosos que defendió en campaña? La credibilidad es un atributo muy difícil de recuperar cuando se deteriora de esta manera y, además, para el Presidente será muy difícil volver a hablar de estos asuntos, especialmente cuando su ministra de Desarrollo Social señalara que uno de los legados del gobierno sería el avance de las políticas de infancia.
¿No se da cuenta el mandatario de la tremenda contradicción? Si avanzamos un poco más, ¿qué espera de los chilenos cuando llegue el momento de votar en las municipales de 2028 y en las elecciones nacionales de 2029? ¿Le habrá prometido el ministro de Hacienda que, a esas alturas, sí tendríamos años económicos “espectaculares” y que esta crisis moral pasaría al olvido? Desde la oposición ya se instaló un mensaje casi imbatible en términos de comunicación política, imputándole al gobierno, con Rabat a la cabeza, la rebaja de las condenas a pedófilos, narcotraficantes y miembros del crimen organizado. Durísimo.
Un segundo aspecto emocional es la salud mental de los demás miembros del gabinete. Y esto no es una exageración. El Presidente debiese pensar en el sufrimiento que están experimentando los otros ministros, quienes se ven imposibilitados de marcar la agenda, hoy copada por Rabat. ¿Qué sentido tiene comunicar un logro o una noticia positiva en este ambiente? Los diarios y la prensa en general ni siquiera van a poner esto en una nota al pie. Por tanto, todo el trabajo de los ministros quedará subsumido en una crisis que el mandatario se resiste a resolver.
Más aún, si hay un cambio de gabinete, Rabat no se iría solo. ¿Cómo pueden los ministros desempeñarse, entonces, en un ambiente de estas características? Claro está que un ministro puede salir en cualquier momento, pero, desde su perspectiva, sería injusto pagar los platos rotos por la mala gestión de uno de sus colegas. Eso genera desazón, poca motivación para seguir adelante y, simplemente, ganas de dejar que las cosas sigan su curso, sin importar si el resultado es positivo o negativo. Total, el Presidente tiene su favorito, Rabat, y alguno de nosotros se irá con él, pensarán varios en el gabinete.
Por último, está la calle. Ya hay manifestaciones en las afueras del Ministerio de Justicia, que está casi frente a La Moneda. Sabemos que este tipo de protesta es muy difícil de gestionar para los gobiernos de derecha. Le pasó a Piñera en 2011 con las marchas estudiantiles y en 2019 con el estallido social. En un contexto económico fuertemente desfavorable y con la experiencia reciente de malestar social expresado en las calles de España, Italia y Francia, no cuesta nada que eso llegue a Chile.
¿Qué va a hacer el gobierno en ese caso? ¿Qué es peor, sacar al ministro ahora y evitar la avalancha callejera, o resistir hasta, por ejemplo, entregar por segunda vez la Constitución? Seamos claros. El Presidente no tiene otra opción que destituir al ministro, aunque eso signifique mancillar su propia credibilidad, dado que hizo dos puntos de prensa para defenderlo y, el viernes, a su regreso de la gira internacional, apareció casi de la mano con la actual autoridad. Los presidentes pueden provocar a la oposición o, más bien, darse el gusto de hacerlo cuando gozan de amplia popularidad. Pero en situaciones como las que estamos viviendo, la conducta del mandatario es definitivamente suicida. Presidente, saque a Rabat antes de que Rabat termine arrastrándolo a usted y a su gobierno. Es por su bien.