"Esta guerra no tiene salida rápida": el duro diagnóstico de un analista sobre el conflicto entre Israel, Estados Unidos e Irán
- Por Meganoticias
Tres semanas después de iniciado el conflicto, la guerra entre Israel, Estados Unidos e Irán no muestra señales de resolución cercana. Todo lo contrario. En conversación con Gonzalo Ramírez en Meganoticias Ahora, el analista internacional de la Universidad del Desarrollo, Guido Larson, entregó un diagnóstico sin eufemismos: "No observo que haya una trayectoria que lleve a la resolución pronta de este conflicto."
Sus argumentos dibujan un escenario donde los objetivos originales de Washington ya no son alcanzables, donde Irán tiene incentivos para prolongar la guerra, y donde el mundo entero está pagando las consecuencias sin querer involucrarse.
La muerte del moderado
La jornada partió con una noticia de peso: Israel anunció haber dado muerte a Ali Larihani, alto mando iraní. Larson fue rápido en contextualizar su importancia real. No se trata de un golpe militar, sino político y diplomático.
"Era la figura que estaba a cargo de gestionar la relación entre la política y el ámbito militar, y conectar esa relación con el ámbito diplomático", explicó. Larihani era considerado uno de los pocos actores moderados dentro del régimen, y se le identificaba como la persona más cercana a una eventual negociación con Israel y Estados Unidos.
Su desaparición, advirtió Larson, tiene una consecuencia paradójica: "Hay muchos incentivos ahora para radicalizar aún más el liderazgo en Irán. La posibilidad de una salida diplomática disminuye." El círculo que rodea al Ayatolá Jamenei, ya considerado más radical que su predecesor, podría consolidarse aún más en el poder. Matar al moderado, en otras palabras, puede haber alejado la paz.
El Estrecho de Ormuz: la carta que Trump no puede ganar
Si hay un punto donde Larson fue especialmente enfático, fue en el Estrecho de Ormuz. Para el analista, ese paso marítimo por donde transita el 20% del petróleo mundial es hoy la herramienta más poderosa que tiene Irán y el dolor de cabeza más grande de Donald Trump.
La semana pasada, Trump anunció que enviaría buques de guerra a escoltar el tránsito de petroleros por el Estrecho. El mercado reaccionó con escepticismo inmediato: el precio del petróleo cayó brevemente pero volvió a subir hasta los 94 y 95 dólares por barril. "El mercado no le está creyendo a Trump respecto a su capacidad de mantener el estrecho abierto", sentenció Larson.
La alternativa tampoco convence. Estados Unidos anunció que inyectará 400 millones de barriles de petróleo al mercado, pero Larson puso esa cifra en perspectiva con un dato demoledor: la demanda mundial de petróleo es de 100 millones de barriles diarios. "Lo que están diciendo es que van a inyectar cuatro días de consumo. Obviamente eso es insuficiente para darle estabilidad al precio."
El oleoducto saudí hacia el Mar Rojo, única alternativa real al Estrecho, tampoco tiene capacidad suficiente para reemplazarlo. Conclusión de Larson: "Nos vamos a tener que acostumbrar a un precio del petróleo rondando los 100 dólares el barril. Y si hay mayores interrupciones del Estrecho, probablemente sobrepasándolos."
La economía de la guerra: 50.000 dólares contra 3 millones
Uno de los análisis más reveladores de la entrevista fue la comparación económica entre el armamento de ambos bandos. Larson explicó que un dron iraní cuesta aproximadamente 50.000 dólares, mientras que un misil interceptor norteamericano vale entre 1 y 3 millones de dólares, y en muchos casos se necesitan dos o tres para derribar un solo dron.
"También acá hay un elemento de la economía de la guerra", advirtió. Esa asimetría significa que Irán puede sostener el desgaste durante mucho más tiempo del que sus adversarios esperaban, especialmente considerando que se estima que podría contar con hasta 40.000 drones disponibles.
A eso se suma el impacto global del alza del petróleo. Antes de la guerra, el barril se transaba en torno a los 70 dólares. Hoy está en 94. "Eso quiere decir que ya hemos tenido un aumento de más del 20% en el precio del barril", señaló Larson, recordando que el petróleo es un insumo presente en toda cadena productiva. Países como España ya registran alzas del 28% en el diésel y del 50% en fertilizantes, lo que anticipa un encarecimiento generalizado de los alimentos. "La presión inflacionaria ocurre a todo nivel."
Y agregó un punto que pocos consideran: incluso si la guerra terminara mañana, los precios no volverían de inmediato a sus niveles anteriores. "Difícilmente se puede convencer a las aseguradoras o a las empresas de transporte de que la situación volvió mágicamente a febrero de 2026. No vamos a volver rápidamente a los 68 o 70 dólares el barril, incluso si la guerra termina mañana."
El error de diagnóstico que lo cambió todo
Para entender por qué esta guerra no tiene salida rápida, Larson fue al origen. La operación comenzó con cuatro objetivos declarados por Washington: colapsar el régimen iraní, reemplazarlo por uno pro-occidental, destruir el programa nuclear y degradar el sistema balístico. Detrás de todo eso había una apuesta: que los bombardeos iniciales desencadenarían un levantamiento popular masivo que forzaría a las fuerzas armadas iraníes a ponerse del lado de los manifestantes.
"Creo que ese era el diagnóstico inicial. Evidentemente fue un diagnóstico equivocado", afirmó Larson sin rodeos. El régimen resultó ser altamente resiliente. La muerte del Ayatolá anterior no produjo caos interno, sino que trajo al poder a una figura treinta años más joven, aparentemente más radical y más comprometida con la supervivencia del régimen. "Irán entiende el conflicto a nivel existencial y, por lo tanto, están dispuestos a grados de sacrificio que el año pasado no se observaban."
Hoy, los objetivos originales han quedado atrás en silencio. "Atrás quedó el objetivo de hacer colapsar el régimen y atrás quedó también la idea de que ese régimen fuese liderado por alguien inclinado a Washington." Lo que queda es una guerra con metas más acotadas pero sin garantías de resultado duradero: "Tú puedes degradar la capacidad balística, puedes socavar el programa nuclear, pero nada garantiza que en dos, tres o cinco años más estemos nuevamente en un escenario similar."
Trump solo: cuando los aliados no responden
El aislamiento de Estados Unidos en este conflicto es otro síntoma de la crisis de liderazgo que Larson describió con precisión. Trump llamó a la OTAN, a Japón y a sus aliados a sumarse al esfuerzo de mantener abierto el Estrecho de Ormuz. La respuesta fue un silencio elocuente. Francia envió una escuadra, pero lejos del Estrecho. Australia se negó de plano. China repite que el conflicto debe terminar. Nadie quiere mandar barcos a una zona donde un misil iraní los obligaría a entrar en guerra.
Para Larson, esto no es casualidad. Es la consecuencia de años de política exterior errática: "Una política diplomática extraordinariamente agresiva, alienante incluso con sus propios aliados, donde las promesas de Trump no se concretan, donde ocasionalmente dice A pero luego hace B." Los aranceles, las amenazas de salir de organismos multilaterales, la presión sobre la OTAN, la amenaza de anexar Groenlandia: todo eso ha erosionado la confianza en Estados Unidos como aliado confiable.
"El problema es la confiabilidad de Estados Unidos. Porque creo que la situación sería totalmente distinta si hubiese coherencia en la política exterior norteamericana", planteó. En ese contexto, los europeos no están dispuestos a pagar el costo de una guerra en cuya decisión no participaron. "No debiera sorprender esta negativa."
Los tres escenarios: ninguno es bueno
Con todos estos elementos sobre la mesa, Larson planteó los únicos tres caminos posibles hacia adelante. Su evaluación de cada uno fue categórica.
El primero es el levantamiento popular en Irán. Lo descartó de plano: "No observo cómo esto pueda realmente producirse. Mientras más destrucción haya en Irán, mayor va a ser el grado de fervor a favor del régimen y en contra de Estados Unidos." La población no ve a Washington como un liberador, sino como quien destruye su infraestructura y su vida cotidiana.
El segundo escenario es una insurrección de minorías étnicas internas, como los kurdos o los baluches. Hubo recientemente un ataque de la minoría baluche en el sur del país, pero fue sofocado rápidamente. "No se observa que la amenaza baluche sea realmente significativa para llevar a cabo el colapso del régimen."
El tercer camino es una escalada terrestre: tropas en suelo iraní. Y aquí Larson no midió sus palabras: "Sería una catástrofe, tal vez no comparable a ninguna de las que ha habido en el siglo veintiuno." Irán tiene 92 millones de habitantes, territorio montañoso, no muestra signos de fragmentación interna y controla el 20% del tránsito mundial de petróleo. "Si los talibanes resistieron 20 años con AK-47, no me quiero imaginar lo que podría significar la presencia de tropas norteamericanas en terreno en Irán."
Por qué Irán no firmará la paz
La razón de fondo por la que este conflicto no tiene salida rápida, según Larson, está en los objetivos de Irán. Teherán no busca simplemente sobrevivir al bombardeo: busca una reconfiguración completa del orden regional. Exige la salida de Estados Unidos de la zona, compensaciones económicas por los daños y garantías de que no volverá a ser atacado.
"¿De qué sirve para Irán declarar un cese al fuego para que en seis meses más vuelva a ser atacado por Israel o por Estados Unidos? Carece de sentido, no parece ser racional", razonó. Y mientras esa reconfiguración no ocurra, Irán tiene todos los incentivos para prolongar el conflicto y seguir apostando al desgaste económico global a través del Estrecho.
La conclusión de Guido Larson fue tan clara como inquietante: "Mi impresión es que Irán está dispuesto a realizar el sacrificio de mediano plazo porque realmente quiere garantizar que no vaya a volver a experimentar una operación similar. Este es un conflicto que nos va a acompañar."