"¿Ustedes pensaban que después de esto me iba a ir para la casa? Les tengo una mala noticia: eso no va a pasar. Voy a seguir aquí, aportando".
Con estas palabras, y una sonrisa irónica, Michelle Bachelet advirtió que no pretende jubilarse. Es más, tras su retiro de la carrera por Naciones Unidas, podría convertirse en un dolor de cabeza para el Gobierno de José Antonio Kast.
La venganza es un plato que se sirve frío, dicen por ahí. ¿Será ésta la revancha de la expresidenta?
Recordemos los hechos.
En febrero de este año, Gabriel Boric lanzó la candidatura de Bachelet a la Secretaría General de la ONU, con el respaldo de Brasil y México. Fue una apuesta ambiciosa, pero no alcanzó a convertirse en una política de Estado porque el 24 de marzo, a menos de dos semanas de asumir la presidencia, José Antonio Kast retiró el apoyo de Chile. La Cancillería argumentó que la dispersión de candidaturas latinoamericanas y las diferencias con actores relevantes del proceso hacían inviable su postulación. Bachelet siguió en carrera sin el respaldo de su propio país.
El 19 de septiembre se bajó. En el tercer sondeo informal del Consejo de Seguridad, obtuvo sólo un voto a favor, once en contra y tres sin opinión, quedó séptima entre ocho candidatos. No hubo una votación final que perdiera: hubo una carrera que se fue quedando sin impulso.
La derrota tiene más de una causa. Sería cómodo atribuirla sólo a Kast, aunque su decisión le quitó a la ex mandataria un respaldo decisivo. También pesaron la falta de unidad regional, una contracampaña internacional activa y el fantasma del veto por parte de Estados Unidos y, más concreto, de Marco Rubio. No son pocos los que creen que, aún con Chile detrás, las posibilidades eran escasas.
Pero en la izquierda la decisión de Kast se vivió como una puñalada por la espalda. Un grupo de ex cancilleres calificó la medida como un "gesto hostil", la propia Bachelet dijo que haber sido vetada era "un tremendo honor". Quienes la conocen aseguran que está "sentida", “picada”, incluso algo enojada con el Presidente. Dicen que Bachelet no olvida.
Mientras estuvo en carrera por la ONU, evitó involucrarse en la contingencia nacional. Durante los primeros meses del Gobierno de Kast no estuvo aquí como figura de la oposición. Pero eso podría cambiar.
¿Qué hace una figura de su tamaño cuando se cierra la puerta internacional?
La semana pasada hubo una respuesta. El martes 29, el día en que cumplió 75 años, Bachelet reapareció en la comuna de La Granja. El miércoles, dirigentes de seis partidos (PS, PPD, DC, Frente Amplio, PC y Partido Liberal) se reunieron en el Teatro Municipal de La Pintana para homenajearla, con el expresidente Boric entre los oradores. El acto fue presentado como un reconocimiento a su trayectoria, pero tuvo también algo de desagravio.
La venganza, si cabe la palabra, no consiste necesariamente en volver con una candidatura presidencial bajo el brazo. Sus cercanos son enfáticos en descartarla. Puede ser algo más simple y, para sus adversarios, más incómodo: demostrar que sigue convocando y que su nombre todavía puede ordenar a una oposición que busca liderazgo. Bachelet ya derrotó dos veces a la derecha en las urnas. Su peso no desaparece sólo porque una apuesta internacional haya fracasado.
En La Pintana, Bachelet fue la ganadora indiscutida del aplausómetro. La escena fue elocuente: dirigentes de toda la oposición compartiendo escenario en torno a una misma figura. Como dijo Francisco Vidal esta semana: "Bachelet logra que la aplaudan, con el mismo entusiasmo, Lautaro Carmona del PC y Álvaro Ortiz de la DC".
Ese liderazgo transversal no lo tiene hoy Gabriel Boric; sí lo tiene Bachelet. Y, según su entorno, pretende usarlo. No para volver a La Moneda, sino para rearticular a su sector y, quizás, también para hacerse cargo de una responsabilidad que siente propia: haber contribuido a abrirle paso a una generación que llegó al poder con la promesa de renovar a la izquierda, pero que no logró consolidar ese proyecto. Desde ahí, como me dijo una persona cercana a la expresidenta, buscará “hacerle la vida a cuadritos” al Presidente. Aunque sea por un rato.
"Se darán cuenta de que habría sido mejor tenerla en la ONU que en casa", han dicho algunos dirigentes. "No la quisieron en la ONU; ahora tendrán que aguantarla interviniendo aquí en Chile", dicen otros.
En La Moneda acusaron el golpe. "Se juntan a aplaudirse entre ellos", dijo el biministro Alvarado y emplazó a la oposición a hablar de empleo, crecimiento y seguridad.
Ya hubo una primera señal: Bachelet, junto a Boric, firmó una carta criticando la decisión del Gobierno de adherir al Escudo de las Américas. Podría ser la primera de varias intervenciones.
Chile conoce sobre la alternancia del poder y bajo ese péndulo, la pregunta no es si Bachelet quiere volver, es si su sector puede convertir el afecto y la nostalgia en una opción política. Kast recién comienza su mandato y falta mucho para la próxima presidencial, pero la escena de La Pintana dejó una imagen difícil de ignorar: la candidatura a la ONU terminó; la figura política, no.
¿Será Michelle Bachelet la carta de la próxima elección? Está por verse. Por ahora, la venganza, se sirve fría: con un micrófono, un teatro lleno y la advertencia de que ella sigue aquí.
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