Por Mauricio Morales, doctor en Ciencia Política, profesor titular, Universidad de Talca-Campus Santiago.
Algo muy particular sucede en la política chilena. En general, muchos excandidatos presidenciales y expresidentes de la República reducen su exposición pública tras las elecciones, ya sea para evaluar el resultado o como señal de respeto hacia la máxima autoridad recién ungida. Mientras algunos derrotados vuelven a sus labores en el mundo privado, otros retoman la carrera política que tenían antes de la candidatura, y un grupo no menor simplemente se retira de manera definitiva, incluidos quienes se van del país.
Los expresidentes, en tanto, muchas veces se concentran en sus fundaciones o centros de estudio y cuidan sus intervenciones públicas, pues entienden que ha llegado el momento de cederles la primera línea a sus sucesores. Sin embargo, en el gobierno actual las cosas han sido distintas, con excandidatos que mantienen una presencia constante y expresidentes particularmente activos, como Michelle Bachelet y Gabriel Boric.
Así, figuras como Matthei y Bachelet, a quienes muchos imaginaban que darían un paso al costado hasta convertirse en verdaderos cadáveres políticos, han resucitado de la mano de Kast.
Partamos por los excandidatos presidenciales y recordemos, por un momento, a figuras como Hernán Büchi (1989), José Piñera (1993), Sara Larraín (1999), Tomás Hirsch (2005), Jorge Arrate (2009), Ricardo Israel (2013), Alejandro Guillier (2017) o Yasna Provoste (2021). Probablemente usted recuerde a unos más que a otros, pero lo concreto es que sus candidaturas perdieron continuidad o sus liderazgos se debilitaron tras esas derrotas.
Otros, en cambio, hicieron esfuerzos para formar o fortalecer sus partidos, como ocurrió con Francisco Javier Errázuriz (1989) y la Unión de Centro-Centro (UCC), Marco Enríquez-Ominami y el Partido Progresista (PRO), Franco Parisi y el Partido de la Gente (PDG) o Johannes Kaiser y el Partido Nacional Libertario (PNL). Con distinta suerte, buscaron dar continuidad a sus apoyos y más de alguno volvió a intentar una aventura presidencial, aunque sin llegar a La Moneda.
Bajo el gobierno de Kast, en cambio, varios excandidatos han encontrado en las propias decisiones del presidente razones para mantenerse en campaña. Kaiser dialoga con el gobierno y lo presiona para avanzar en la batalla cultural e indultar a uniformados condenados por hechos ocurridos durante el estallido social, mientras Parisi negocia el respaldo del PDG y exige medidas que favorezcan a los segmentos medios. Matthei, por su parte, cuestiona a Kast semana a semana y mantiene abiertas las heridas de una campaña que consideró deshonesta, marcada por la difusión de noticias falsas sobre su salud. Aunque sus motivos son distintos, todos encuentran espacio para intervenir frente a un gobierno que necesita su apoyo o que les ofrece argumentos para cuestionarlo.
Los expresidentes, en tanto, también disputan el protagonismo con el nuevo gobernante, quien les ha dado razones para unirse frente a La Moneda. El retiro del respaldo a la candidatura de Michelle Bachelet a la ONU y la adhesión al Escudo de las Américas alimentaron un malestar que Boric y Bachelet expresaron en una declaración conjunta sobre política exterior. La exmandataria, además, insinuó la posibilidad de una tercera postulación presidencial, y bastó esa señal para que la derecha volviera a mirarla con pánico.
Todos comenzaron a hablar de la carrera presidencial de 2029 cuando faltan cerca de tres años y medio.
Quizás Kast subestimó que sus decisiones sobre la ONU y el Escudo de las Américas podían terminar por reunir a Bachelet y Boric para organizar a la oposición. Al darles motivos para actuar juntos, les ofrece la oportunidad de convocar a sus partidos y disputar la conducción del país, precisamente cuando algunos esperaban que ambos cedieran espacio a nuevos liderazgos.
El presidente está realizando un milagro político bastante incómodo para su sector, pues contribuye a devolverles protagonismo a quienes podrían encabezar el regreso de la izquierda a La Moneda. Mientras sus partidarios siguen esperando el milagro económico, Matthei y Bachelet ya pueden dar fe de que los poderes de resurrección de Kast funcionan.