"Debía reportarme todos los días": bautizado revela cómo la mayor banda criminal de Brasil lo reclutó en una cárcel chilena

El ofrecimiento llegó dentro de una cárcel. Un interno había entablado amistad con otro recluso que le habló del Primer Comando de la Capital (PCC), la mayor organización criminal de Brasil. Le explicó que pertenecía a sus filas desde hacía años y que una de sus funciones era reclutar nuevos “camaradas”.

La invitación resultó atractiva por una razón concreta. El recluso había visto cómo el PCC auxiliaba económicamente a su compañero cada vez que enfrentaba algún problema.

“Me ofreció ingresar a la organización, lo cual me motivó, ya que veía cómo lo ayudaban financieramente cuando él tenía algún problema económico”, declaró posteriormente ante la policía.

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Su testimonio forma parte de la investigación de la Fiscalía Regional Metropolitana Sur y la PDI que permitió identificar a más de 20 personas que habrían sido incorporadas al PCC en Chile. Algunos estaban en libertad y otros permanecían recluidos en distintos recintos penitenciarios del país.

La ayuda económica era uno de los mecanismos utilizados por la organización para atraer y mantener vinculados a sus integrantes. Según los documentos incorporados a la causa, el PCC podía financiar abogados, teléfonos celulares para comunicarse desde las cárceles, arriendos y hasta los funerales de familiares de sus miembros.

Pero antes de recibir esos beneficios, el postulante debía demostrar que conocía las reglas y estaba dispuesto a obedecerlas.

El recluso contó que, antes de su incorporación oficial, recibió documentos digitales con la historia, el funcionamiento y los principios de la organización.

“Me hizo entrega de documentos digitales sobre el funcionamiento e ideales de la organización, los cuales tuve que leer antes del momento de mi bautizo. Recuerdo que en sus declaraciones figuraba como principal enemigo el Gobierno”, relató.

El “bautizo” es el proceso mediante el cual un postulante es aceptado formalmente por el PCC y pasa a ser reconocido como uno de sus “hermanos”. Para ingresar necesita contar con una referencia y padrinos que respondan por él ante los mandos de la organización.

“Fue en mi bautizo donde se me asignó un padrino”, explicó el testigo, cuya identidad se mantiene bajo reserva.

La ceremonia se realizó a distancia. No hubo una reunión presencial ni un lugar físico especialmente preparado para recibirlo. Todo ocurrió mediante una videollamada.

“La ceremonia de bautizo se realizaba mediante una videollamada grupal, en donde estábamos presentes yo, mi padrino y los generales de Latinoamérica. En esa llamada, un sujeto me realizaba preguntas sobre lo que había leído del PCC y sobre mis ideales, para ver si compartíamos los mismos”, declaró.

El cuestionario abordaba su vida personal, sus vínculos y sus antecedentes criminales. Entre las preguntas figuraban: “¿Consume algún tipo de droga prohibida, como pasta base, oxi o crack?”; “¿Tiene algún familiar involucrado en el crimen?”; “¿Forma parte de alguna organización, pandilla o facción?”; y una especialmente directa: “¿Alguna vez ha matado por dinero?”.

El postulante también debía confirmar que había leído el estatuto del PCC y que estaba preparado “en cuerpo y corazón” para asumir las obligaciones derivadas de su ingreso.

Después de responder, recibió una advertencia sobre lo que significaba convertirse en miembro de la organización.

“El vocero me dijo que, si en algún momento me necesitaban, debía acudir sin preguntas y acatar las órdenes que me dieran. También me contaron sobre el PCC y su ayuda a las personas que estaban en el grupo, siendo esta ayuda económica o generando lazos entre miembros”, señaló.

La promesa de respaldo estaba unida, desde el primer momento, al deber de obediencia.

Una vez aprobado el bautizo, la organización confeccionaba una ficha individual denominada “cara crachá”. Allí se incorporaban los datos personales del nuevo integrante, su apodo, historial delictivo, recinto penitenciario, referencias, padrinos y el código asignado para acreditar su pertenencia al PCC.

El “tabuleiro”, en cambio, era la planilla utilizada para controlar la situación de los integrantes: quiénes se habían reportado, dónde estaban recluidos y qué ocurría en cada cárcel o territorio.

Después de ser registrado, el nuevo miembro fue incorporado a uno de los grupos de WhatsApp administrados por la organización.

“De esta manera ingresé al grupo de WhatsApp, en el cual debía reportarme todos los días. El reporte consistía en señalar mi nombre, el lugar donde estaba recluido y decir cómo estaban las cosas en el lugar. Principalmente, era una forma de decir que estábamos ahí”, relató.

El contacto diario permitía a los mandos conocer la ubicación y situación de cada “hermano”. Los miembros debían informar durante la mañana, la tarde y la noche. Quienes dejaban de hacerlo eran incluidos en listados y buscados por otros integrantes para que explicaran su ausencia.

Las solicitudes tampoco llegaban directamente a la cúpula. Cada integrante debía recurrir a su padrino, quien actuaba como intermediario ante los niveles superiores.

“Cuando necesitaba algo en especial, hacía el conducto por medio de mi padrino, quien se encontraba en otro grupo, donde tenía acceso a mandos más altos. Ellos canalizaban mis dudas y me hacían llegar una respuesta”, explicó.

Así funcionaba el vínculo que el PCC le ofreció dentro de la cárcel: una red capaz de conseguir dinero, contactos y asistencia cuando surgía un problema. A cambio, el nuevo integrante debía entregar sus datos, aceptar un padrino, someterse a las preguntas del bautizo y permanecer disponible.

La ayuda económica que lo convenció de ingresar se transformó, después de la videollamada, en una obligación diaria: decir dónde estaba, informar qué ocurría a su alrededor y responder cuando la organización lo necesitara.

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