Columna de Mauricio Morales: "La retroexcavadora de derecha"

Por Mauricio Morales, doctor en Ciencia Política, profesor titular, Universidad de Talca-Campus Santiago.

No cabe duda de que el ministro Quiroz es hoy la figura más fuerte del gabinete. Si bien el TC declaró inconstitucionales algunas normas ambientales y parte de la regulación asociada a la invariabilidad tributaria, mantuvo en pie el pilar de la megarreforma. Considerando, además, que logró sacar adelante una reforma de esta magnitud en menos de cuatro meses, el desempeño de Quiroz ha sido sorprendente.

Primero, porque su llegada a Hacienda no estaba asegurada. José Luis Daza figuraba como una de las principales cartas del equipo económico y Kast incluso viajó a Argentina para intentar incorporarlo al futuro gabinete.

Segundo, porque fue consultor de empresas involucradas en graves casos de colusión, lo que abrió un flanco en su nombramiento. Pero Quiroz resistió. Tercero, porque su reforma tenía un mal pronóstico en el Congreso debido a la falta de mayoría, pero con la ayuda de Interior y la Segpres consiguió los votos suficientes.

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Los tres vetos presidenciales también fueron ratificados por ambas cámaras. Pero Quiroz no se detuvo ahí. Ya abrió nuevos frentes y ahora apunta a reactivar el mercado de capitales y reformar el Estatuto Administrativo. Su protagonismo, además, ha comenzado a sentirse dentro del propio gobierno. Una muestra fue el requerimiento que suscribió ante el TC junto a otros ministros, decisión que tomó por sorpresa a Claudio Alvarado, quien reconoció que no había sido informado.

Todo indica que Quiroz no tiene intención de abandonar el espacio que conquistó. Su tarea parecía concluir con la megarreforma, pero su agenda va mucho más allá. Quiere profundizar en un modelo económico más liberal, con un Estado más pequeño y subsidiario. Por eso, el giro del gobierno hacia la seguridad difícilmente lo relegará a un segundo plano.

Su promesa es que la economía comience a repuntar en el último trimestre y que 2027 marque el punto de quiebre. Si eso ocurre, el gobierno también podrá exhibir en este terreno el “cambio de mano” que busca instalar en materia de seguridad. Si allí la apuesta consiste en recuperar el control frente al crimen, en economía se trata de demostrar que es posible corregir el rumbo sin cambiar la Constitución.

Quizás por eso, el éxito de Quiroz resulta especialmente incómodo para la izquierda, porque su gestión sugiere que una restauración desde la derecha puede avanzar bajo las mismas reglas institucionales que sus adversarios intentaron reemplazar. No hizo falta una nueva Carta Fundamental, sino una mayoría construida voto a voto en el Congreso.

La ironía histórica es difícil de ignorar. El 25 de marzo de 2014, Jaime Quintana aseguró que la Nueva Mayoría no pasaría “una aplanadora”, sino que pondría “una retroexcavadora” para “destruir los cimientos anquilosados del modelo neoliberal de la dictadura”.

Siete años después, Gabriel Boric fue todavía más lejos. “Si Chile fue la cuna del neoliberalismo, también será su tumba”, dijo tras ganar la primaria presidencial de 2021. Ambas frases expresaban la voluntad de transformar profundamente el modelo, y el proceso constituyente terminó convertido en el principal camino para hacerlo. Pero la propuesta constitucional fue rechazada.

Doce años después de Quintana y cinco después de Boric, la retroexcavadora cambió de conductor y de dirección. Ahora es la derecha la que intenta remover parte de lo construido, pero lo hace sin una nueva Constitución. Quiroz negoció dentro del marco institucional vigente, reunió los votos y aprobó una reforma que parecía condenada por la aritmética parlamentaria.

Así, la retroexcavadora que debía enterrar al neoliberalismo terminó avanzando por la vereda contraria, esta vez sin necesidad de reemplazar la Carta Fundamental.

El destino político de esa retroexcavadora dependerá, sin embargo, de los resultados. Si la economía responde y Kast consigue avances visibles en seguridad, el oficialismo podría llegar fortalecido a las elecciones locales y regionales de 2028 y enfrentar en buenas condiciones la sucesión presidencial de 2029, con la posibilidad incluso de lograr algo que Chile no ve desde 2006: que un presidente sea sucedido por otro de su misma coalición, como ocurrió cuando Ricardo Lagos entregó el mando a Michelle Bachelet.

Pero esa apuesta también eleva el costo de una eventual decepción, porque Quiroz ha puesto la vara muy alta y 2027 será el año en que sus promesas comiencen a medirse contra los resultados. Si la economía no responde, la izquierda tendrá argumentos para cuestionar una reforma que hoy parece una victoria y la retroexcavadora podría quedarse, finalmente, sin combustible.

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