Columna de Mauricio Morales: "La (no) crisis de la democracia"
- Por Mauricio Morales
Por Mauricio Morales, doctor en Ciencia Política, profesor titular, Universidad de Talca-Campus Santiago.
Un lugar común al que se recurre con frecuencia es que la democracia chilena está en crisis. Para sostener esa tesis, una serie de estudiosos de la política afirma que los partidos ya no cumplen bien su función de representación, que las instituciones democráticas han perdido eficacia, que la gente exige un cambio radical y que, en realidad, vivimos bajo un régimen muy distinto del que un país como Chile merece.
Parte de ese diagnóstico tiene fundamento. Sería absurdo negar la distancia entre los partidos y la ciudadanía, el desprestigio del Congreso, la debilidad de las organizaciones políticas y la desconfianza que atraviesa buena parte de la vida pública. El problema surge cuando esa crisis de representación se convierte, casi por arte de magia, en una supuesta crisis de la democracia.
Esa lectura ganó fuerza en 2019, en medio de la revuelta social más grande de la que tengamos recuerdo, cuando izquierdas y derechas se unieron para abrir un proceso constituyente que, bien sabemos, terminó en un rotundo fracaso. Y como somos porfiados, no se nos ocurrió mejor idea que abrir un segundo proceso, que también recibió el portazo de la ciudadanía.
Pese a eso, se sigue hablando de la democracia chilena como si estuviera al borde del colapso. A ese diagnóstico se suma otra idea igualmente discutible. Me refiero a la tesis de que Chile sería un país fragmentado y polarizado. El problema es que esa afirmación suele hacerse sin distinguir entre la conducta de las élites y las predisposiciones de la ciudadanía.
No es lo mismo un Congreso crispado, con partidos más duros y dirigentes cómodos en la confrontación, que una sociedad mayoritariamente dispuesta a los acuerdos, ubicada en el centro y poco inclinada a justificar la violencia.
Mi afán no es defender la idea de que estemos inmersos en un régimen perfecto ni mucho menos. La democracia chilena tiene grietas, arrastra problemas de representación, convive con partidos débiles y funciona bajo una desconfianza que nadie debiera minimizar. Pero una cosa es reconocer esas dificultades y otra muy distinta es decretar su muerte clínica.
Lo que sí puedo sostener, a la luz de los datos recientes de la encuesta del Centro de Estudios Públicos, es que nuestra democracia sigue gozando de buena salud, incluso en medio de un cuadro político y social nada sencillo.
La misma encuesta muestra una amplia preocupación por la delincuencia y la economía, mientras que el gobierno actual apenas registra un 34% de aprobación. Sin embargo, pese a ese escenario adverso, solo el 27% cree que la democracia funciona mal o muy mal, lejos del 47% registrado en 2019, en pleno ciclo de la revuelta.
Además, un 54% cree que la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno, lo que representa un crecimiento de siete puntos respecto de 2025, mientras que las preferencias por un régimen autoritario se desplomaron en ocho puntos, hasta el 15%.
¿Son estos datos reflejo de una democracia en crisis? Para nada, y aunque suene brusco decirlo, sostener lo contrario es simplemente vender humo. Si nos vamos a la métrica de confianza institucional, el Congreso y los partidos aparecen al fondo de la tabla. Eso no sorprende a nadie.
Alguien dirá que ahí está la prueba irrefutable de una crisis democrática. Mi única respuesta posible ante eso es que dichas instituciones han ocupado los últimos lugares al menos desde hace tres décadas. No son un orgullo, en absoluto, y nadie sensato podría celebrar ese nivel de descrédito. Pero una cosa es tener instituciones desprestigiadas y otra muy distinta es vivir bajo una democracia terminal.
Pocos discuten, además, que el Congreso y los partidos siguen siendo piezas necesarias para el funcionamiento del régimen. La encuesta del CEP también muestra a una ciudadanía que rechaza ampliamente la violencia, los saqueos, los incendios intencionales en el marco de las protestas e incluso la evasión del transporte público.
¿Se le hace conocido este listado de conductas que, en su momento, fueron justificadas por quienes vieron en “octubre de 2019” su profecía autocumplida? La crítica será que estoy analizando solo una encuesta, ¿verdad? Puede ser. Pero lo cierto es que estos datos pueden rastrearse en extensas series temporales, y el lector llegará a la conclusión de que nuestra democracia, con todos sus bemoles, está bastante lejos del funeral que algunos vienen anunciando desde hace años.
A lo anterior se suma otro dato incómodo para quienes han convertido la polarización en una explicación universal. No hay indicios claros de una ciudadanía ideológicamente dividida en dos. La preferencia por el centro, medida en una escala de 1 a 10, donde 1 es muy de izquierda y 10 muy de derecha, aumentó al 41%, mientras que ambos extremos casi no variaron.
Además, un 66% prefiere líderes que privilegien los acuerdos, aunque tengan que ceder. La situación, entonces, es menos dramática de lo que algunos quieren hacer creer. No tenemos una sociedad empujada hacia los bordes, sino una mayoría que se ubica lejos de los extremos y que, al menos en sus predisposiciones generales, valora más el acuerdo que la trinchera.
Otra historia, y esto lo quiero dejar explícito, es lo que sucede en el Congreso y lo que ocurre con los votantes al momento de escoger su preferencia electoral. El problema no está necesariamente en la demanda ciudadana, sino en la oferta política.
Si una parte importante de la sociedad se declara de centro y, además, prefiere líderes dispuestos a llegar a acuerdos, lo esperable sería que hubiera más espacio para liderazgos moderados. Pero eso no ocurre. Y ahí se expresa una falla de representación, no una prueba de que Chile sea un país polarizado ni de que la democracia esté en crisis. Una cosa es el comportamiento de las élites y otra muy distinta son las predisposiciones de la ciudadanía.
En síntesis, aunque sea un argumento de escasa venta en el mercado público, poco sexy y escasamente atractivo para el debate nacional, no hay señales de una democracia en crisis. Tampoco hay bases suficientes para definir a Chile como un país polarizado, al menos si miramos las predisposiciones de la ciudadanía.
Lo que sí tenemos es una sociedad crítica, desconfiada y exigente, que reclama soluciones ante la inseguridad pública, la inmigración irregular, la desigualdad y una economía que anda a los tumbos. Pero una cosa es tener conflictos abiertos y otra muy distinta es vivir bajo una polarización descontrolada.
Lo que nos dice la CEP, en definitiva, es que la democracia chilena resiste bastante mejor de lo que algunos quisieran admitir, y que la ciudadanía valora la negociación, rechaza la violencia y huye de los extremos? al menos hasta que llega la hora de votar, pero eso ya es parte de otro capítulo.
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