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La Odisea: la épica apuesta de Christopher Nolan que busca salvar la experiencia del cine

Hay que ir al cine. La industria agoniza: los estrenos llegan directo al streaming, las superestrellas desaparecen y la gente ya no pregunta cuándo se estrena una película, sino cuándo llega a Netflix. Ir al cine no es solo ver una película en una pantalla monumental con un audio envolvente; es vivir una experiencia inmersiva y formar parte de la historia. Es compartir una sala, un espacio y un momento con decenas de desconocidos para aislarse juntos en un relato audiovisual. Compartir sin hablar. Compartir en torno a la experiencia del cine. Sin teléfonos, sin distracciones, sin la vida golpeando la ventana de la casa. La Odisea llega a los cines.

Christopher Nolan estrena la ambiciosa adaptación del mítico relato de Homero, una versión que, desde su génesis, dio de qué hablar. Nolan es, probablemente, el último gran autor del cine comercial. El último director capaz de vender entradas solo con su nombre. Los viejos estandartes aún sobrevuelan las salas —Spielberg, Scott, Eastwood—; otros emigraron al streaming en busca de una libertad narrativa casi ilimitada —Scorsese, Fincher, Del Toro—. Pero, entre las nuevas generaciones, pareciera que solo el nombre de Nolan sigue siendo capaz de llenar los cines.

La mochila es pesada, más aún cuando Nolan es un maniático de la precisión técnica. Filmada en IMAX, La Odisea es una proeza. Un desquiciado festín visual en el que la cámara se adentra en parajes imposibles, tormentas divinas y batallas colosales. Nolan logra aquí su mejor trabajo visual, llevando al extremo lo que ya había ensayado en Oppenheimer, casi como una declaración de principios: esta película fue concebida para verse en la pantalla más grande y escucharse con el sistema de sonido más potente que exista en tu ciudad.

Es una historia coral de casi tres horas, narrada con la estructura no lineal tan característica de Nolan. Destacan las sólidas actuaciones de Matt Damon, Anne Hathaway y Robert Pattinson, junto con las sorprendentes interpretaciones de John Leguizamo y Samantha Morton. A ello se suma la imponente banda sonora de Ludwig Göransson y el espectacular trabajo de fotografía de Hoyte van Hoytema.

Hay un giro narrativo muy interesante en la forma en que se representa la guerra. A diferencia de Troya (2004), Nolan construye un discurso antibélico sumamente atractivo. Odiseo es un héroe trágico y sufrido, muy lejos de la figura heroica que inmortalizan los poemas. Está condenado a abrirse paso a punta de espada para volver a casa y recuperar la vida que dejó atrás. Condenado a estar del lado ganador de la historia, pero no necesariamente del lado correcto. Eso sí, hay algo que no termina de encajar, y ya hablaremos de ello.

No quiero detenerme demasiado en el estéril debate sobre la precisión histórica de una obra de ficción. Además, La Odisea ha despertado el lado más feroz de internet. Sirenas de canto desafinado que destilan odio hacia una producción incluso antes de su estreno. ¿Que Elliot Page interpreta a Aquiles? Blasfemia. (No lo hace). ¿Que Lupita Nyong'o interpreta a Helena? Inclusión forzada. (Su actuación es excelente). ¿Que los personajes usan pantalones? Históricamente incorrecto. (En una historia donde existen gigantes y cíclopes).

Es una hostilidad dirigida a la película únicamente porque Nolan está al mando del proyecto. Una hostilidad que poco importa a la hora de juzgar si la película es buena o mala. Una hostilidad que solo demuestra la necesidad de algunos por librar batallas imaginarias hasta conseguir ganar alguna. Esta no la ganarán.

La Odisea está lejos de ser el mejor trabajo de Nolan, y eso ocurre porque su principal rival es él mismo. El director insiste en repetir los patrones narrativos de sus últimas películas y termina construyendo una especie de copia de sí mismo. La Odisea se siente como un tráiler de tres horas: un incesante despliegue de acción y aventura filmado con una calidad visual extraordinaria, pero que no concede un solo respiro. No deja acomodarse en la butaca y, por momentos, abruma con un volumen ensordecedor.

Las películas de Nolan necesitan detenerse de vez en cuando. Necesitan un minuto de calma para permitir que conozcamos a sus personajes. Creo que Telémaco (Tom Holland) es quien más sufre esa carencia, y eso se relaciona con el segundo gran punto débil de la película: Christopher Nolan no es un gran guionista. Sus mejores guiones han nacido de la colaboración con su hermano Jonathan, pero aquí el director decidió no soltar el lápiz. El resultado son diálogos irregulares, que mezclan lenguaje contemporáneo con expresiones de época y que, además, no dejan frases realmente memorables cuando termina la función.

Probablemente, la mayor virtud de La Odisea sea alcanzar esa maestría técnica que redefine el blockbuster moderno. Es una reinvención de la gran superproducción. De la obra monumental. Del proyecto gigantesco. Antes lo hicieron Sergio Leone, Akira Kurosawa, Peter Jackson y George Lucas; ahora lo hace Christopher Nolan. No porque todos esos directores sean equivalentes, sino porque todos lograron crear películas tan enormes, ambiciosas y colosales que justifican, por sí solas, la existencia de las salas de cine.

Nolan hizo esta película para llevar al público de vuelta a los cines, para defender una industria que lucha por sobrevivir y para recordarnos que ninguna pantalla en casa puede reemplazar la experiencia de una sala oscura. Esa, al final, es la verdadera odisea.