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¿Quién define tu talla? El vacío regulatorio que complica comprar ropa en Chile

Entrar a una tienda y no saber qué talla elegir se ha vuelto parte habitual de la experiencia de compra en Chile. Una prenda puede quedar perfecta en una marca y no calzar en absoluto en otra, aun cuando ambas declaren la misma talla. Esta incertidumbre, lejos de ser un problema menor, responde a una falta estructural de regulación del sistema de tallas, que impacta tanto en el consumo como en la percepción corporal.

Para María Gabriela Beaumont, docente de Diseño de Vestuario y Textil del Campus Creativo de la Universidad Andrés Bello, el problema es claro: en Chile no existe un estándar obligatorio que unifique las medidas del vestuario. Eso deja a los consumidores enfrentados a un sistema fragmentado, donde cada marca define sus tallas según criterios propios.

En la práctica, explica, esto obliga a probar varias tallas de una misma prenda —incluso dentro del mismo retail— y transforma algo cotidiano en una experiencia frustrante, especialmente en el comercio electrónico, donde la imposibilidad de probarse la ropa incrementa devoluciones y reclamos.

Esa percepción no es solo subjetiva. Un estudio del Servicio Nacional del Consumidor (SERNAC) detectó que una misma talla puede variar hasta en un 23 o 24 % en medidas como cintura o pecho entre distintas marcas, lo que vuelve prácticamente imposible anticipar cómo calzará una prenda antes de comprarla.

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Cuando el tallaje también excluye

Más allá de la incomodidad, la falta de regulación tiene un efecto más profundo: deja fuera del sistema a una parte importante de la población. Beaumont advierte que muchas personas cuyos cuerpos no se ajustan al tallaje considerado “estándar” simplemente no encuentran opciones disponibles, especialmente en categorías como tallas plus o mini.

Esa exclusión, señala, no es neutra. Refuerza sentimientos de discriminación corporal y afecta la autoestima, un fenómeno que se ha hecho más visible en las nuevas generaciones. A esto se suma un factor estructural del mercado global: gran parte de la producción se realiza en Asia, donde la talla estándar es significativamente menor que en Latinoamérica, lo que acentúa el desajuste con los cuerpos locales.

¿Más tallas o mejor diseño?

En medio del creciente discurso sobre diversidad corporal, muchas marcas han optado por “ampliar” su rango de tallas. Sin embargo, Beaumont distingue entre sumar números y diseñar para cuerpos diversos.
Ampliar tallas, explica, suele implicar escalar un patrón base, agrandándolo o achicándolo de forma proporcional. El problema es que los cuerpos no crecen ni disminuyen de manera uniforme: cambian las proporciones, la distribución del volumen, la longitud del torso y la postura. Por eso, simplemente aumentar una talla no garantiza un buen calce.

Diseñar para la diversidad, en cambio, requiere investigación antropométrica real de la población y el desarrollo de patrones pensados para distintas morfologías. En Chile, iniciativas como el proyecto de Ley de Tallas Inclusivas o el Sistema Único de Tallas —inspirado en la campaña Tallas para Todes— apuntaban justamente a basar el diseño en estudios representativos de los cuerpos chilenos y no en un ideal estético importado.

Aun así, la académica reconoce los límites del retail masivo: la producción industrial en grandes volúmenes hace inviable trabajar con prendas a la medida, como ocurre en el slow fashion o la alta costura. En ese contexto, el patronaje estandarizado sigue siendo necesario, pero eso no exime a la industria de revisar sus criterios.

La talla no define a la persona

Uno de los puntos que Beaumont enfatiza es el impacto simbólico del número de la talla. Pasar de ser una talla 38 en una marca a una 44 en otra puede afectar la autoestima, aunque ese número no diga nada real sobre el cuerpo.
Por eso, plantea un cambio de enfoque: entender la talla como un parámetro técnico, no como una identidad personal. Saber que cada marca maneja sus propias tablas permite despersonalizar la experiencia y reducir la carga emocional asociada al vestuario, aunque el problema de fondo siga siendo la falta de estándares comunes.

Una responsabilidad compartida

En un escenario donde el debate sobre inclusión corporal crece en redes sociales y en el consumo, Beaumont sostiene que la responsabilidad no recae solo en los consumidores. Diseñadores, marcas y retail tienen un rol ético y social que va más allá del marketing.

Desde el diseño, implica cuestionar patrones tradicionales y empujar internamente ajustes que respondan mejor a la realidad chilena. Para las marcas, significa transparentar sus tablas de medidas y avanzar hacia talles coherentes con cuerpos reales. Y para el retail, adoptar prácticas más inclusivas en el punto de venta físico y digital: publicar medidas en centímetros, mostrar referencias claras en las imágenes y educar a los equipos de atención.

Incluso la tecnología empieza a jugar un rol, con el uso de inteligencia artificial para mostrar una misma prenda en distintos tipos de cuerpo, ayudando a que la expectativa del cliente sea más realista.
En ese sentido, concluye Beaumont, la moda ya no puede entenderse solo desde lo estético. Para las nuevas generaciones, se trata también de derechos del consumidor, representación y acceso, en un mercado cada vez más informado y exigente.