Columna de Mauricio Morales: "Carter a Seguridad"

Por Mauricio Morales, doctor en Ciencia Política, profesor titular, Universidad de Talca-Campus Santiago.

Todos los presidentes se resisten a realizar su primer cambio de gabinete no solo porque implica mover piezas, sino porque supone admitir que la selección inicial no funcionó como se esperaba. Pero un cambio de gabinete también puede ser interpretado como una señal de aprendizaje, pues muestra que el gobierno corrige, que entiende la diferencia entre persistencia y porfía, y que gobernar no consiste en encapricharse con ciertos nombres, sino en ajustar el equipo cuando la realidad así lo exige.

En la historia democrática chilena desde 1990, el récord lo tiene el primer gobierno de Michelle Bachelet. Su gabinete inicial duró apenas 126 días. No fue un ajuste menor, pues salió el ministro del Interior, Andrés Zaldívar, y asumió Belisario Velasco, ambos del PDC. Además, hubo cambios en carteras sensibles como Economía y Educación. Esa cirugía temprana, sin embargo, no alteró sustantivamente los objetivos del gobierno, y Bachelet terminó su mandato con niveles históricamente altos de aprobación, aunque aquello no alcanzó para impedir que entregara la banda presidencial a la oposición encabezada por Sebastián Piñera.

El presidente Kast sabe que el cambio de gabinete es inevitable. También sabe cuáles son los ministros que están en la zona de riesgo, y hoy se mueve en ese difícil proceso de búsqueda, cálculo y negociación que antecede a todo ajuste ministerial. Los partidos de su coalición no disimulan su interés en que el cambio se haga pronto. Voceras y dirigentes de RN lo han dicho en distintos tonos, intentando desdramatizar lo que, en realidad, es una disputa de poder. Los partidos esperan mejorar sus posiciones, pues se sienten subrepresentados en un gabinete inicial dominado por figuras independientes, muchas de ellas sin redes políticas suficientes para sostenerse en momentos de crisis.

Ir a la siguiente nota

Kast ha intentado proteger precisamente a esas figuras, porque son sus apuestas personales. Es en este contexto en el que se juntan el hambre con las ganas de comer. Por un lado, un gabinete desequilibrado en términos de aprobación ciudadana, con varias figuras independientes ubicadas en la parte baja de las evaluaciones, en especial en Segegob y Seguridad. Por otro, partidos que quieren recuperar protagonismo desde el Ejecutivo y pasar la cuenta por haber quedado relegados en la distribución inicial del poder.

La cartera más sensible y polémica por estos días es la de Seguridad, no solo porque fue el eje de la campaña de Kast, sino porque es el terreno donde el gobierno no puede fallar. Trinidad Steinert llegó al cargo con credenciales técnicas, pero su debut ha estado marcado por cuestionamientos políticos y problemas comunicacionales. Si el Presidente decide sacarla, la mesa queda servida para Rodolfo Carter, escenario que abre dilemas no menores.

Primero, Carter es senador por La Araucanía, donde obtuvo la primera mayoría. Si deja el Senado para asumir como ministro, el Partido Republicano deberá designar a su reemplazante sin consultar a los electores que votaron por él. El mecanismo es legal, pero políticamente incómodo, pues Carter pidió el voto para representar a una región y, pocos meses después, podría abandonar ese mandato para integrarse al Ejecutivo. El segundo dilema es aún más importante. Carter no llegaría al Ministerio de Seguridad simplemente a gestionarlo, sino que a apropiarse políticamente del mismo mediante un estilo frontal, combativo y con pleno dominio del ritmo de la televisión, la radio y las redes sociales. A esto se suma un dato relevante. Según la encuesta Cadem del domingo 10 de mayo, Carter registra un 44% de imagen positiva. Está lejos del puntero, Tomás Vodanovic, que alcanza un 60%, pero también aparece muy por encima de los presidentes de partido, que bordean el 30%.

Por todo lo anterior, su eventual llegada podría darle al gobierno el golpe de energía que necesita, pero abriría tres flancos que Kast debe evaluar. Primero, la siempre cuestionada decisión de ir a buscar ministros al Congreso. Segundo, el perfil del propio Carter, que concentrará más atención pública que varios integrantes del comité político e, incluso, que el propio Presidente. Tercero, la reacción de sus colegas y de los partidos de la coalición, que leerán cada decisión suya como un intento por posicionarse para la presidencial de 2029, lo que inevitablemente alimentará celos, desconfianzas y disputas internas.

Lo claro, eso sí, es que la llegada de Carter produciría un cambio en el centro de gravedad del gobierno. El eje se desplazaría desde Hacienda, que casi siempre administra restricciones y malas noticias, hacia Seguridad, un ministerio que puede lucir, marcar agenda y sacar brillo a una administración aún opaca.

Todo sobre Mauricio Morales