Columna de Mauricio Morales: ¿Era tan irrelevante el Congreso?

Por Mauricio Morales, doctor en Ciencia Política, profesor titular, Universidad de Talca-Campus Santiago.

Durante la campaña, el entonces candidato Kast sugirió que el Congreso no era tan relevante como muchos creían. Algunos leyeron esa frase como una amenaza para instituir un modelo de gobierno por decreto. Pero el punto era otro. En un escenario de emergencia, la velocidad del Ejecutivo no podía quedar completamente subordinada al trámite legislativo.

Esa tesis parecía plausible en segunda vuelta, sobre todo después de la desastrosa elección parlamentaria de la derecha. Pese a tener el viento a favor, no consiguió mayoría ni en la Cámara ni en el Senado, quedando con 76 y 24 escaños, respectivamente.

Sin embargo, desde el 11 de marzo el cuadro cambió. Tras un arranque vigoroso entre diciembre y febrero, el gobierno entró en un bache comunicacional que todavía no logra revertir. A eso se sumó la crisis internacional y el alza de los combustibles, con el consiguiente deterioro de las expectativas. La aprobación presidencial cayó de 57% a cerca de 40%, mientras el gabinete, con pocas excepciones, empezó a mostrar un ritmo más lento del esperado.

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Es en este contexto en que Kast resolvió amarrar su destino precisamente al Congreso, una institución que no destaca ni por su rapidez ni por su eficiencia. El costo es evidente, pues entregar la emergencia al Legislativo significa desacelerar de manera brusca la marcha que el propio gobierno había ofrecido. Con suerte, la ley de reconstrucción nacional verá la luz en septiembre, y entre tanto La Moneda deberá exponerse a negociaciones interminables con la oposición y al protagonismo creciente del PDG, que ha sabido interpretar mejor que nadie el malestar de las clases medias.

¿Por qué Kast optó por este camino? Hay razones ideológicas que sería ingenuo ignorar. Nadie esperaba que un gobierno de derecha guzmaniana elevara la carga tributaria a las grandes empresas, expandiera el Estado o avanzara en nuevos derechos sociales. La fórmula es conocida: bajar impuestos, estimular la inversión, acelerar el crecimiento y fortalecer el empleo.

Lo interesante, sin embargo, es que una parte importante de la ciudadanía parece estar comprendiendo esa lógica, aunque no la abrace sin reservas. Según CADEM, la ley de reconstrucción nacional registra 45% de acuerdo, un nivel similar al 43% de aprobación presidencial. Más relevante aún, no se observan diferencias significativas por nivel socioeconómico. Cuando se consulta por los beneficiarios de la reforma, 44% responde que favorecerá a todos por igual, mientras 49% cree que beneficiará más a los sectores ricos. Es una cifra ambigua, pero políticamente valiosa para el gobierno, porque sugiere que el “Plan Kast” aún no cristaliza en una fractura de clase demasiado marcada. Donde sí aparece una brecha nítida es en género. Como ha ocurrido desde el inicio de la administración, los hombres respaldan más a Kast y sus políticas que las mujeres. Si un 52% de los hombres cree que el plan beneficia a todos, entre las mujeres esa percepción cae a 37%. Ahí hay una alerta política seria para el oficialismo.

Ahora viene la parte decisiva, que consiste en convertir esa base de apoyo en votos dentro del Congreso. En la Cámara, la derecha suma 76 diputados y necesita apenas dos más para alcanzar la mayoría. Ya existen conversaciones con el PDG y con la DC, de modo que el panorama aparece relativamente favorable.

El verdadero cuello de botella está en el Senado. Con 24 de 50 escaños, la derecha necesita dos votos adicionales para ganar. Si no hay un acuerdo más amplio con sectores de oposición, todo quedará en manos de un pequeño grupo de senadores clave: Matías Walker, Miguel Ángel Calisto y Carlos Bianchi. La dupla Alvarado-García tendrá que convencer al menos a dos de ellos para darle al gobierno su primer triunfo político de envergadura.

En rigor, Kast terminó descubriendo que el Congreso nunca fue irrelevante. Podía ser incómodo, lento y desgastante, pero seguía siendo el lugar donde se juega la gobernabilidad. Y cuando la luna de miel se acaba, incluso los gobiernos que prometen actuar con decisión terminan volviendo a esa vieja, tediosa y a veces decepcionante verdad.

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