Consideraciones sobre «Yo soy Betty, la fea»

Consideraciones sobre «Yo soy Betty, la fea»

  • Por Matías Andújar

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Federico ya nos dijo que nosotros, los humanos, nos creemos super, pero super capos por creer que “sabemos”. Un griego había dicho algo parecido unos 2270 años atrás, y él lo restableció, actualizado.

Lástima que nos damos la espalda a nosotros mismos. Nos preocupamos de la comprensión del mundo, del estudio del mundo, pero cero poco y nada de nuestra propia comprensión.

Hay pocas cosas que son más misteriosas para el ser humano que él mismo.

El lenguaje corporal, sensorial, verbal es nuestro único medio —no artístico— de comunicación y al mismo tiempo nuestra propia prisión. Una prisión que establece nuestros límites.

Este es el punto de arranque en el que se funda uno de los más importantes presupuestos del ser humano.

Nos conocemos muy vagamente. Y si ya es difícil, sumémosle que no somos fijos, estáticos, sino que estamos en constante ir y venir. 

Lo cual, por un lado está muy bueno, ya que no nos hace personas unidimensionales, predecibles, invariables. Eso sería terriblemente negativo para todo el sentido de la vida. Probablemente ni siquiera podríamos plantearnos, cuestionarnos algo.

Aceptando el misterio que somos, quizás aprobaríamos o desearíamos la posibilidad de conocernos mejor.

Sin embargo, si descubrimos algo de nosotros, es muy probable que sea algo que no nos agrade, seguramente nos avergüence, nos moleste e incluso nos asuste.

El combate debiese ir en la línea de recuperar la inocencia. Sobre todo en la mirada.

¿Para qué chanfles mortificarnos con la idea e intención de conocernos mejor si lo más probable es que nos tropecemos y nos dejemos las rodillas bien peladas?

Existen mil respuestas y libros, teorías, y canciones al respecto. La más importante es que no estamos aquí simplemente para vivir la vida. Eso ya es un condicionamiento. Nadie nos preguntó si queríamos o no vivirla. (NOTA: a conciencia, le puedes dar término cuando quieras).

Sino que, lo exquisito, es que tenemos la oportunidad de inventarnos a nosotros mismos.

Pareciera que nos imponen las cosas y así vivimos. Pareciera que lo externo, lo otro, rige nuestro destino. Como si desde arriba, con grandes cuerdas, nos manejase un marionetista.

Lamento contarles que la vida no posee voluntad propia.

Todo lo que nos pasa tiene que ver con nuestro actuar. Con cómo somos. Y, sobre todo, con lo que somos capaces de ver y de no ver.

“¡Esto no me lo merezco!”. Cada uno merece lo que tiene.

La poca inteligencia y aprendizaje al que somos capaces de aspirar, nos permite anticipar lo que puede suceder o afectar.

Si voy a escalar, puedo caer. Si aborto, me puedo dañar el útero. Si ando ebrio, pierdo lucidez. Si voy a leer, me puede dar sueño. Si voy a manejar, puedo o me pueden chocar. Existen los accidentes, claro. Sobre todo, existen los accidentes. Quizás el primero de todos fue nacer, como dijo Bruce Dickinson.

No seamos pesimistas. Quizás el accidente está en el placer. Eso es lo que mueve al mundo.

Suena bastante simple y facilista, pero apunto a que cada uno forja o arrastra un destino. No en el sentido de la constelación estelar, sino en el de la vida en la que uno está o en la que está y quiere salir.

Podemos, tenemos la opción de intervenir en la manera de las cosas. Incluso de intervenir —a unos les cuesta más que a otros— en cómo nos afectan.

Es la forma más próxima de controlar lo que no podemos controlar. Que sin duda son y serán muchos sucesos.

Nos aferramos a algo o alguien. Dioses, ídolos, principalmente. Puede ser Nietzsche, Madonna, Slayer, tu pareja/el amor de tu vida, Batman, Hitler, unos con Neruda, otros con Parra, Allah. Vaya uno a saber. 

Y se lo toman muy en serio, ¿eh? Es de lo poco que tenemos y de lo que creemos que sabemos. Nuestros ídolos. 

Porque así empiezan las guerras y se gesta la humanidad y el desconsuelo. El aprendizaje no ha servido de nada. Dentro de lo poco que tenemos en esta vida, el aprendizaje, no ha servido de nada.

“¡Nietzsche es mejor!”, “¡No, Madonna es mejor que Nietzsche!”.

Algunos luchan por la paz y otros por la guerra. Otros por una frontera o la caza de ballenas. Pero dentro de cualquier desplazamiento que hagamos, algo acontece. 

No hay otro responsable de lo que nos pasa que nosotros mismos.  

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Zona tres datos: 

1.- Gandhi dijo: “No considero a Hitler un ser tan malo como parece o representa. Él está mostrando una capacidad increíble y parece estar consiguiendo victorias sin demasiado derramamiento de sangre”. ¿Ídolo? 
2.- Madonna trabajó en un Dunkin Donuts, pero la despidieron al poco tiempo tras discutir con un cliente y tirarle jalea a la cara. Ídola. 
3.- Y don Nicanor escribío que "el mundo está triste porque un muñeco llamado Hamlet tuvo un ataque de melancolía". Dos ídolos. Tres. La melancolía también es una especie de deidad.   

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