Columna de Mauricio Morales: "¿Cuánto vale un senador?"

Por Mauricio Morales, doctor en Ciencia Política, profesor titular, Universidad de Talca-Campus Santiago.

La estrategia del gobierno está funcionando casi a la perfección en la discusión sobre el proyecto de reconstrucción nacional, que avanzó en la Cámara con heridas muy leves, alcanzando una mayoría sustantiva gracias al acuerdo con el PDG. Los partidos de oposición apenas insinuaron recurrir al Tribunal Constitucional, cosa que finalmente no hicieron, y tampoco fueron capaces de instalar con fuerza en la opinión pública la idea de que este proyecto beneficiaba única y exclusivamente a los más ricos.

Es comprensible que los partidos de izquierda se opongan con dureza a una iniciativa de estas características. Lo esperable, sin embargo, era una oposición mucho más firme en materia de contenidos. Eso no ocurrió. No hubo un rostro capaz de ordenar al bloque, fijar una línea argumental y convertir el debate en una disputa pública más exigente. Al final, la oposición dejó pasar la discusión sin transformarla en una batalla política relevante.

Ahora el proyecto ya está en segundo trámite constitucional y todo queda en manos del Senado. El gobierno siente que está justo con los votos, pero todo indica, al menos hasta ahora, que la victoria final está cerca. El oficialismo dispone de 24 senadores y ya consiguió el respaldo del ex DC y ex Demócratas Matías Walker. Probablemente ocurra lo mismo con Miguel Ángel Calisto y, por qué no, con Karim Bianchi. Si bien el senador oficialista Alejandro Kusanovic anunció que votaría en contra, lo más probable es que ese problema sea resuelto mediante una negociación rápida encabezada por la dupla García-Alvarado.

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En consecuencia, el gobierno ya contaría con los 26 votos necesarios para aprobar esta mega-reforma. En todo caso, conviene ser prudentes. A medida que se acerca la votación en sala, el precio del voto de cada senador aumenta. Por precio me refiero a la capacidad de algunos representantes para ejercer presión sobre el Ejecutivo, cuestión muy usual cuando el resultado se anticipa estrecho. Es ahí donde muchas veces aparece el intercambio de legislación. Un senador aprueba el proyecto del gobierno y luego ese gobierno le devuelve la mano con otra iniciativa que beneficie a la región que representa, o con un mayor volumen de recursos para algunos municipios a través de la SUBDERE.

Por tanto, no sería extraño ver senadores con dos mensajes. Algunos, desde el propio oficialismo, manifestarán reparos al proyecto para elevar el precio de su voto y obligar al gobierno a entregar algo a cambio. Otros, desde la oposición, expresarán su disposición a dialogar con el Ejecutivo. Para algunos eso puede sonar a candidez o inocencia, pero en realidad hay otra cosa. Lo que ese senador le está diciendo al gobierno es que quiere escuchar una oferta. Y esa oferta equivale, obviamente, al precio que le está poniendo a su voto. Tal como están las cosas, ese precio dependerá del nivel de incertidumbre que tenga el Ejecutivo. Si un senador opositor se abre a negociar, es perfectamente plausible que el gobierno esté dispuesto a pagar bastante con tal de quebrar el bloque y conseguir un respaldo más amplio.

El presidente Kast, pese al reciente cambio de gabinete, está expectante, porque de este proyecto depende buena parte de su gobierno. Seguramente sus contenidos ocuparán un lugar central en la cuenta pública, aunque no es lo mismo llegar a esa instancia con el proyecto en el bolsillo que hacerlo con la reforma todavía a merced de la oposición. Pero hay una paradoja evidente. Este avance no lo está produciendo la épica de un primer gabinete plagado de independientes y construido a espaldas de los partidos. Lo están haciendo precisamente esos partidos políticos de los que el presidente abjuró, pero que ahora lo ayudarán en ministerios claves como SEGEGOB y Seguridad, mientras que en el legislativo le pueden dar un triunfo categórico, aplastante e inapelable.

Por eso, si el proyecto termina aprobándose, la primera gran victoria legislativa de Kast tendrá una lección incómoda para La Moneda. En el presidencialismo chileno, gobernar contra los partidos puede servir para ganar una elección, pero gobernar sin ellos es renunciar a conseguir victorias históricas.

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