O se matan las chinches, o se quema la casa

En campaña, José Antonio Kast era una verdadera máquina. Imparable, firme, rápido, locuaz y combativo. Tenía un plan para todos los problemas del país y nos convenció de que estábamos frente a una triple emergencia en seguridad pública, migración irregular y economía. Con ese discurso, Kast fue dejando atrás a sus rivales y si bien en primera vuelta sacó sólo el 23.9%, el ballotage fue un simple trámite.

Kast se impuso en todas las regiones del país y le dio a la derecha su quinto triunfo desde 1932. Además, llevó a su partido a convertirse en el más votado y en el que cuenta con la bancada más numerosa de la Cámara, con 31 representantes. Gran parte de estos apoyos se los quitó a su ex partido, la UDI, y a RN.

De esta forma, Kast se convertía en el líder indiscutido del sector, ya sea por la admiración de quienes lo apoyaron desde el inicio o por la sumisión de quienes no pudieron oponerse a él. Antes de asumir, Kast demostró liderazgo. Armó sus equipos e hizo una gira internacional, todo ello en medio de las expectativas que generaba su nuevo gobierno.

Mal que mal, de eso se trata una democracia. Los presidentes electos despiertan esperanzas y anhelos. Pero lo curioso, aunque su origen gremialista lo hacía previsible, es que dichos equipos eran predominantemente independientes, lo que constituyó una primera señal de distancia respecto de los partidos. Desoyendo la máxima de que sin partidos no hay coaliciones ni gobiernos estables, e ignorando la historia que sobre este asunto tienen los gobiernos de derecha, Kast diseñó un modelo en el que el poder recaía en manos de un círculo personal estrecho alojado en el segundo piso.

A poco andar, desde su propio partido se levantaron críticas contra ese diseño, y lo mismo sucedió con la UDI y RN, partidos que, en el esquema de poder de Kast, quedaron relegados a un segundo plano.

Esta estructura de poder otorgó a los ministros un exceso de libertad, algunos de ellos rozando la indisciplina. El Presidente no ha sido capaz de imponer su jerarquía y, en el caso del ministro de Justicia, asumió personalmente la tarea de defenderlo, cuando el sentido común indica que debiese remover tanto al ministro como a los subsecretarios.

A lo mejor el Presidente razona siguiendo aquella célebre advertencia atribuida a Winston Churchill, según la cual quien acepta la humillación para evitar la guerra, tendrá primero humillación y después guerra. En este caso, la humillación sería sacar al ministro, después de haberlo respaldado en un curioso punto de prensa, y entregar su cabeza a la oposición y a una parte de Chile Vamos.

La guerra, en tanto, sería la acusación constitucional. El Presidente puede pensar que, incluso removiendo al ministro, la crisis no va a terminar y que, de todos modos, lo acusarán constitucionalmente. Por tanto, es mejor morir con las botas puestas que entregarse al rival sin oponer resistencia.

El Presidente, por cierto, para llevar adelante esta estrategia, confía plenamente en su ministro del Interior y en su SEGPRES. Le bastaría cuadrar a sus 76 diputados y obtener dos votos del PDG para asegurar que la acusación no avance al Senado. Dado que la regla en la Cámara es "mayoría de los presentes", podría defenderse con un menor volumen de apoyo, pero es mejor llegar a esa instancia con el umbral máximo ya consolidado.

Si la acusación pasa al Senado, el escenario se vuelve mucho más complejo. La oposición dispone de 23 senadores. En esta instancia, el quórum es la mayoría de los senadores en ejercicio, es decir, 26. El gobierno dependería de Matías Walker, Miguel Ángel Calisto y Karim Bianchi, pero también de los posibles descuelgues de senadores propios como Rojo Edwards y María José Gatica, quienes han insistido en la renuncia del ministro.

¿Y si finalmente Rabat es destituido? En ese escenario, el Presidente sufriría una fuerte pérdida de autoridad y los partidos exigirían un cambio de gabinete más amplio para acceder a puestos clave. Tempranamente, entonces, Kast comenzaría a experimentar la soledad del poder, con menor capacidad para ordenar a los suyos y un margen más estrecho para imponer su diseño original.

Los partidos, en ese escenario, habrán cobrado revancha y, cuando eso sucede, ya no hay camino de regreso. Incluso si la situación económica mejora en 2027, un fracaso de este tipo es difícil de revertir. Por todo lo anterior, y por cierto que lo digo en sentido figurado, más vale matar las chinches ahora que terminar quemando la casa.