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Vivió diez años oculto en Argentina: cómo el Mossad capturó a Adolf Eichmann en 1960 y lo llevó a juicio en Jerusalén

La noche del 11 de mayo de 1960, un colectivo de la línea 203 se detuvo en una parada de la calle Garibaldi, en el partido bonaerense de San Fernando. De él descendió un hombre delgado, de unos 54 años, con anteojos y un maletín en la mano. Caminó hacia el domicilio donde vivía con su familia desde hacía algunos meses. Al pasar frente a un automóvil De Soto negro estacionado en la calle, dos agentes del Mossad, el servicio de inteligencia del Estado de Israel, salieron del vehículo, lo redujeron sin resistencia y lo introdujeron en el asiento trasero. En menos de treinta segundos, el auto arrancaba rumbo a una casa segura en la zona metropolitana de Buenos Aires.

El hombre había vivido los diez años previos con el nombre falso de "Ricardo Klement", trabajando como electricista en la planta de Mercedes-Benz Argentina en San Fernando. Su verdadera identidad, sin embargo, era otra: Otto Adolf Eichmann, Obersturmbannführer (teniente coronel) de las SS y director de la Sección IV B4 de la Oficina Principal de Seguridad del Estado del régimen nazi. La sección que planificó y coordinó la logística administrativa de la deportación de millones de judíos europeos a los campos de exterminio. Uno de los principales arquitectos operativos del Holocausto.

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La operación clandestina que lo capturó esa noche, conocida en la inteligencia israelí como Operación Garibaldi (o Operación Finale), es hoy uno de los capítulos más estudiados en la historia de la justicia penal internacional del siglo XX.

Diez años bajo identidad falsa en Argentina

Eichmann había llegado a Buenos Aires el 14 de julio de 1950, a bordo del vapor italiano Giovanna C proveniente de Génova. Traía consigo un pasaporte de refugiado emitido por la Cruz Roja Internacional a nombre de "Ricardo Klement". La documentación había sido conseguida a través de las llamadas "rutas de las ratas" (ratlines), redes clandestinas de evasión que operaron entre 1944 y comienzos de los años cincuenta para facilitar la fuga de antiguos oficiales de las SS y la Gestapo hacia Sudamérica y Medio Oriente. La logística de escape se apoyó en puntos de tránsito situados en Innsbruck, Roma y Génova, y contó con la asistencia de miembros del clero católico, entre los que se identificó posteriormente al obispo Alois Hudal y al sacerdote franciscano Eduardo Dömöter.

El contexto político argentino de la época, bajo la presidencia de Juan Domingo Perón, facilitó el asentamiento de cientos de excolaboradores del régimen nazi que buscaban refugio en Sudamérica. La administración argentina de esos años recibió a técnicos, ingenieros y personal militar alemán para respaldar sus proyectos de industrialización y defensa, generando una estructura de acogida que hoy la historiografía documenta con precisión.

Los primeros años de Eichmann en Argentina fueron itinerantes. Entre 1950 y 1952 trabajó para la empresa CAPRI (Compañía Argentina para Proyectos y Realizaciones Industriales), una firma financiada por capitales alemanes que empleaba preferentemente a fugitivos del Tercer Reich. Sus tareas se desarrollaron en Tucumán y la zona montañosa de Las Estancias, en el límite con Catamarca, donde ejerció funciones de hidrólogo y técnico en la medición de caudales fluviales para proyectos de represas.

En 1952 gestionó el traslado desde Europa de su esposa, Vera Liebl, y de sus tres hijos mayores. Instalada la familia, se trasladó a la localidad de Joaquín Gorina, cerca de La Plata, donde estableció un pequeño criadero de conejos de angora. Después probó suerte con un puesto de jugos de frutas en las inmediaciones del puerto de Olivos. Y hacia finales de la década de 1950 se incorporó como electricista y técnico de mantenimiento en Mercedes-Benz Argentina, primero en la planta de González Catán y después en San Fernando, donde la familia se radicó definitivamente en una vivienda modesta construida por el propio Eichmann y sus hijos en la calle Garibaldi.

La pista que llegó a Alemania desde una casa de Vicente López

La ubicación del criminal de guerra se produjo por una vía completamente inesperada: una amistad adolescente. En 1956, Klaus Eichmann, el hijo mayor del criminal, entabló una relación afectiva con Sylvia Hermann, una joven de 16 años que vivía con su familia en Vicente López.

Klaus, curiosamente, había mantenido el apellido real de su padre pese a la identidad falsa que este utilizaba. En las visitas al domicilio de los Hermann, el joven realizó manifestaciones antisemitas y alardeó sobre el pasado militar de su padre durante la Segunda Guerra Mundial, mencionando incluso que continuaba con vida y residía en las cercanías.

El padre de Sylvia, Lothar Hermann, era un judío alemán de militancia socialista que había sido internado en el campo de concentración de Dachau en 1936. Las agresiones sufridas durante su reclusión le habían provocado una ceguera casi total antes de conseguir emigrar a Argentina en 1938. Cuando su hija le relató las conversaciones con Klaus, cruzó las pistas de inmediato y comenzó a investigar.

En 1957, con la información verificada por las indagaciones de Sylvia, Hermann remitió sus hallazgos a las autoridades judiciales alemanas. La documentación llegó a manos de Fritz Bauer, fiscal general del estado germano de Hesse y él mismo sobreviviente del régimen nazi. Ante el temor fundado de que la información fuera filtrada por sectores de la administración alemana con simpatías hacia el antiguo régimen, Bauer tomó una decisión inusual: evitó el trámite judicial ordinario y viajó personalmente a Israel para entregar los datos directamente al Mossad y al gobierno del primer ministro David Ben-Gurión.

La información fue verificada durante meses en Buenos Aires mediante pesquisas encubiertas del servicio de inteligencia israelí, con apoyo de datos aportados por el cazador de nazis Simon Wiesenthal.

El comando del Mossad y el operativo del 11 de mayo

Bajo la dirección operativa de Isser Harel, director general del Mossad, se organizó la Operación Garibaldi. El comando enviado a Argentina utilizó identidades falsas y se integró con operativos especializados en distintas funciones:

Peter Malkin, encargado de la interceptación física del objetivo. Zvi Aharoni, interrogador de campo. Yaacov Meidad, responsable de la infraestructura logística y del alquiler de las fincas utilizadas como casas de seguridad. Los agentes Yudith Nasiahu y Abraham Kaler completaron el equipo con tareas de apoyo y cobertura.

Durante varios días previos al operativo, el equipo estableció puntos de observación permanentes sobre la calle Garibaldi para confirmar la rutina de "Ricardo Klement": el horario de salida de la casa por la mañana, el trayecto en colectivo hasta la planta de Mercedes-Benz, y el regreso siempre a la misma hora en la tarde-noche, con una precisión que facilitó la planificación de la interceptación.

La noche del 11 de mayo de 1960, pasadas las 20:00 horas, el dispositivo se desplegó. El colectivo de la línea 203 dejó a Eichmann en la parada habitual. Al caminar hacia su vivienda, Peter Malkin lo abordó en la vía pública y lo redujo. Zvi Aharoni lo recibió en el asiento trasero del De Soto. El operativo completo, desde la primera aproximación hasta la partida del vehículo, duró aproximadamente treinta segundos.

Nueve días encadenado a una cama y la confirmación de identidad

El prisionero fue trasladado a una casa segura en la zona metropolitana de Buenos Aires, donde permaneció recluido durante nueve días bajo custodia permanente. Durante los primeros interrogatorios, Eichmann intentó sostener los seudónimos de "Ricardo Klement" y "Otto Henninger" (un nombre falso que había usado en Alemania antes de emigrar), pero la resistencia cedió cuando los agentes le confrontaron con datos que solo el verdadero Adolf Eichmann podía conocer.

La confirmación definitiva se produjo al verificar su número de filiación en las SS: 2212, un dato biográfico específico y verificable. A partir de ese momento, Eichmann admitió su verdadera identidad y colaboró con los agentes en las gestiones necesarias para su traslado. Durante su encierro, los agentes obtuvieron su firma en un documento donde manifestaba su consentimiento formal para ser juzgado en Israel.

La exfiltración: un vuelo comercial camuflado

El traslado fuera del país fue posible gracias a una coincidencia diplomática que la inteligencia israelí aprovechó con precisión. En esos mismos días, un avión Bristol Britannia de la aerolínea El Al se encontraba en Buenos Aires cumpliendo la función de transporte oficial de la delegación israelí que asistía a los actos conmemorativos del Sesquicentenario de la Revolución de Mayo.

El 20 de mayo de 1960, Eichmann fue sedado por el equipo médico del comando, vestido con el uniforme de tripulación de la aerolínea y trasladado al Aeropuerto Internacional de Ezeiza presentado como un tripulante impedido por un cuadro médico agudo. La aeronave despegó esa misma noche rumbo a Tel Aviv sin despertar sospechas en los controles aduaneros locales.

La crisis diplomática y la Resolución 138 de la ONU

El 23 de mayo de 1960, el primer ministro David Ben-Gurión anunció públicamente ante el Parlamento israelí (Knéset) que Adolf Eichmann se encontraba arrestado en Israel para ser sometido a juicio. El anuncio desencadenó una crisis diplomática inmediata.

El gobierno argentino, presidido por Arturo Frondizi, denunció la incursión clandestina como una violación de la soberanía nacional y del derecho internacional. Ante la negativa de Israel de devolver al detenido, Argentina elevó el reclamo formal al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que aprobó el 23 de junio de 1960 la Resolución 138. El texto declaró que actos como el examinado vulneraban la soberanía de un Estado miembro y solicitó al gobierno israelí una reparación adecuada, aunque también reconoció explícitamente la gravedad de las persecuciones masivas cometidas por el régimen nazi y la necesidad de que los responsables fueran juzgados.

La controversia bilateral fue encauzada mediante negociaciones diplomáticas que culminaron con disculpas formales por parte de la delegación israelí y la restauración plena de las relaciones entre ambos Estados, sin alterar la permanencia de Eichmann en Jerusalén.

El juicio de Jerusalén y la sentencia

El proceso judicial contra Eichmann comenzó el 11 de abril de 1961 ante el Tribunal Distrital de Jerusalén. El fiscal general Gideon Hausner presentó un pliego acusatorio de 15 cargos que incluían crímenes contra el pueblo judío, crímenes contra la humanidad, crímenes de guerra y pertenencia a organizaciones declaradas criminales en los Juicios de Núremberg.

Durante las audiencias, el acusado permaneció en una cabina de vidrio blindado instalada por motivos de seguridad. Su defensa, ejercida por el abogado alemán Robert Servatius, sostuvo que Eichmann había actuado en calidad de funcionario subordinado sometido a la disciplina militar y a órdenes superiores. La estrategia buscaba encuadrar sus actos como obediencia burocrática.

El juicio de Jerusalén transformó la percepción colectiva del genocidio nazi. La comparecencia de cerca de un centenar de sobrevivientes como testigos otorgó, por primera vez en un tribunal internacional, visibilidad global directa a los testimonios individuales del sufrimiento en las comunidades judías perseguidas por el régimen del Tercer Reich.

El 15 de diciembre de 1961, Eichmann fue condenado a la pena capital por crímenes de lesa humanidad. Tras la desestimación de sus recursos de apelación, fue ejecutado en la horca durante la medianoche del 31 de mayo al 1 de junio de 1962 en la prisión de Ramla. Constituyó la única aplicación de la pena de muerte decretada por la justicia civil en toda la historia del Estado de Israel. Sus restos fueron incinerados y las cenizas se arrojaron al mar Mediterráneo, fuera de las aguas territoriales israelíes, con el fin de evitar cualquier posibilidad de que su tumba se convirtiera en lugar de peregrinación para simpatizantes.

Un precedente en la justicia penal internacional

La Operación Garibaldi y el juicio posterior sentaron precedentes que hoy continúan siendo debatidos en el derecho internacional. La captura extraterritorial de un criminal de guerra sin cooperación del Estado donde residía planteó tensiones profundas entre la soberanía nacional y la jurisdicción universal aplicable a los crímenes contra la humanidad, un debate que el propio Consejo de Seguridad de la ONU reflejó en el texto ambivalente de su Resolución 138.

El juicio de Jerusalén, por su parte, marcó un antes y un después en la manera en que la comunidad internacional aborda los procesos por crímenes de lesa humanidad. La centralidad otorgada al testimonio de las víctimas —que hasta entonces habían tenido un papel secundario en procesos como los de Núremberg— se convirtió en un modelo que después replicarían tribunales para los genocidios de la ex Yugoslavia, Ruanda y otros conflictos contemporáneos.

Al final, el hombre que durante diez años vivió como electricista en un suburbio bonaerense —ese que caminaba cada tarde por la calle Garibaldi con su maletín gastado, y que sus vecinos conocían como "el señor Klement"— fue procesado por primera vez en su vida por lo que realmente había hecho durante la guerra. Y fue condenado por ello ante los ojos del mundo.