Comentario de cine: Hamnet, cuando el duelo se transforma en una obra maestra

“Ser o no ser, he aquí la cuestión”... Totalmente devastado. Con el corazón dividido entre la ficción y la realidad, así se presenta la obra más importante jamás concebida y la narrativa humana detrás de su creación. La escritura como método de sanación, de terapia. De cara a los Oscar, llega a los cines una de las puntas de lanza de la temporada de premios: Hamnet, de Chloé Zhao.

Adaptación de la novela de Maggie O’Farrell, la cinta es dirigida por la ganadora del Oscar por Nomadland (obviando su paso por el MCU con la poco digerible Eternals). Protagonizada por Jessie Buckley y Paul Mescal, la película sigue a William Shakespeare y la poderosa historia de amor y dolor que terminó por cimentar la creación de su obra maestra atemporal: Hamlet.

Mediante un drama familiar, Hamnet narra lo que es, en el papel, una historia clásica de amor. Un drama mundano con una construcción narrativa sublime (la misma O’Farrell colaboró en el guion) que se enmarca en una visión sobrecogedora. Como si de un recuerdo se tratara, la trama se entremezcla con pasajes de realismo mágico y elementos ficticios que dan rienda suelta a la historia. Chloé Zhao logra algo muy difícil: al pintar pequeños pasajes bajo la brocha de lo onírico, camina por una cornisa donde el riesgo de caer en lo ridículo está siempre presente. Sin embargo, Chloé nunca cae.

Pese a que Zhao nos tiene acostumbrados a un cine existencialista desde la perspectiva de los outsiders de la sociedad (incluso en Eternals), Hamnet se siente extrañamente confortable, sumamente familiar. Se nota la mano de Steven Spielberg, quien ejerce de productor, en la constitución de una familia entrañable. Además, la actuación de los hijos del matrimonio Shakespeare es sublime, especialmente la de Jacobi Jupe, quien debería arrasar con los premios durante esta temporada.

A diferencia del libro, el protagonismo y el peso dramático se reparten tanto en William como en Agnes. La novela deposita toda la carga en la esposa del escritor, quien debe quedarse lidiando con la tragedia mientras su marido parte a Londres para convertirse en el gran dramaturgo que fue. La película vuelve a encauzar el protagonismo en un intento de equiparar responsabilidades, culpas y penas. No obstante, el trabajo de Jessie Buckley es sobrenatural y sobresale por encima del de Paul Mescal. La actriz irlandesa ofrece el papel de su vida y se proyecta como la casi segura ganadora del Oscar.

La película, construida en base a grandes escenas, tiene un tercer acto evocativo y hermoso. No solo porque allí decanta todo el dolor y la tragedia acumulada en la hora y media previa, sino por ser un homenaje a la ficción. La interpretación de La Tragedia de Hamlet que vemos es un mensaje de protesta, una muestra del poder del cine y de la ficción cuando es compartida en una sala o en un anfiteatro.

Hamlet no es solo una obra de teatro; es la vía por la cual una persona superó sus traumas y procesó sus penas. Del mismo modo, se convirtió en la forma en que otros compartieron sus propios miedos y dolores, transformándolos en una catarsis colectiva. La magia del cine.

De cara a la temporada de premios, Hamnet seguirá haciendo ruido y cosechando galardones. Pero lo que de verdad debería destacarse, y la razón real para ir al cine, es su lucidez para convertir el duelo en arte mediante una transacción bidireccional: el autor construye arte desde sus sentimientos y el espectador toma ese arte y lo valora desde los suyos. ¿Son los mismos sentimientos? No. ¿La obra cambia cuando es compartida? Sí.

“Y así el natural color de la resolución se enferma con el pálido tinte del pensamiento”.

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