Descubrieron una tumba egipcia intacta de 4.400 años y hallaron dentro la evidencia más antigua de una enfermedad mortal
- Por Meganoticias
En noviembre de 2018, una misión arqueológica egipcia dirigida por el Dr. Mostafa Waziri retiró una capa de escombros acumulada durante décadas en un sector oriental de la necrópolis de Saqqara, a treinta kilómetros al sur de El Cairo. Debajo de esos escombros, sellada herméticamente durante aproximadamente 4.400 años, apareció una tumba intacta del Imperio Antiguo.
Las inscripciones jeroglíficas identificaron al propietario: Wahtye, un sacerdote de alto rango que sirvió durante el reinado del faraón Neferirkare Kakai, tercer monarca de la Quinta Dinastía, alrededor del año 2400 antes de Cristo. Dentro de la capilla, tallada directamente en la roca caliza, había 55 estatuas conservadas en su emplazamiento original y relieves policromados que aún mantenían sus colores milenarios.
Pero el descubrimiento más importante no estaba en la capilla superior. Estaba en los cinco pozos funerarios verticales excavados bajo el suelo. Allí, junto a Wahtye, yacían los esqueletos de su esposa, su madre y sus hijos, todos enterrados aparentemente al mismo tiempo. Y los análisis paleopatológicos posteriores de sus restos plantearon una hipótesis con implicancias que exceden por mucho el ámbito de la egiptología: la posibilidad de que estos huesos contengan la evidencia más antigua conocida en el mundo de una enfermedad que hoy sigue matando a más de 600.000 personas al año.
La tumba del sacerdote Wahtye: 4.400 años sellada
La necrópolis de Saqqara es uno de los complejos funerarios más importantes del Antiguo Egipto. Ahí se encuentra la pirámide escalonada de Djoser, considerada la construcción monumental de piedra más antigua del mundo. Durante más de un siglo, arqueólogos de todas partes han excavado el sitio buscando tumbas de dignatarios de la corte faraónica.
La tumba de Wahtye estaba enterrada bajo escombros de excavaciones previas del siglo XX, en un sector conocido como el Bubasteion, un santuario dedicado a la diosa felina Bastet. Cuando el equipo de Waziri, con la supervisión de campo de los egiptólogos Mohammad Yousef y Sabry Farag, retiró esa capa de detritos, encontraron una capilla funeraria perfectamente sellada.
La galería mide aproximadamente 10 metros de largo por 3 metros de ancho y 3 metros de alto. En sus paredes hay 55 estatuas talladas directamente en la roca caliza, organizadas en nichos dispuestos en dos niveles. Las figuras representan a Wahtye, a su esposa Weret Ptah, a su madre Merit Meen y a sus hijos. Los relieves murales muestran escenas de la vida cotidiana del Antiguo Egipto destinadas a garantizar el sustento del difunto en el Más Allá: la elaboración de cerveza y vino, la fabricación de mobiliario, actuaciones musicales, la caza en los papirales y el transporte en embarcaciones.
Wahtye ostentaba tres títulos de alto rango en la burocracia estatal: "Sacerdote de la Purificación Real", "Supervisor de la Finca Divina" e "Inspector de la Barca Sagrada". Cargos que lo situaban en el círculo administrativo directo vinculado a los cultos funerarios del faraón.
La sorpresa detectivesca: los nombres rascados de las paredes
Cuando los epigrafistas comenzaron a documentar en detalle las inscripciones de la capilla, detectaron algo inesperado. A lo largo de las paredes hay áreas donde las inscripciones originales fueron rascadas y reemplazadas apresuradamente por el nombre de Wahtye. La estatua de la falsa puerta —el elemento arquitectónico central para las ofrendas rituales al espíritu del difunto— presenta diferencias de estilo, proporción y acabado respecto al resto del conjunto escultórico. Como si hubiera sido tallada por artesanos distintos, en momentos distintos.
Las evidencias sugieren que la tumba no fue construida originalmente para Wahtye. Los especialistas plantean que el sacerdote pudo haber usurpado el monumento funerario iniciado por otra persona —posiblemente un familiar, como su hermano Baki, o un funcionario de mayor rango cuya memoria fue borrada—. La reescritura repetida del nombre de Wahtye sobre las paredes se interpreta como un esfuerzo por consolidar retroactivamente la titularidad del monumento, una práctica no infrecuente en el Antiguo Egipto pero difícil de documentar con esta claridad.
La usurpación de tumbas era un fenómeno conocido en el Egipto faraónico, especialmente en épocas de escasez de recursos o de crisis administrativas. Pero la tumba de Wahtye es uno de los pocos casos donde la evidencia epigráfica es tan legible que permite reconstruir el proceso paso a paso, 4.400 años después.
Los pozos funerarios: una familia entera enterrada al mismo tiempo
Bajo el suelo de la capilla, los arqueólogos excavaron cinco pozos verticales. El primero estaba inacabado y vacío. Los otros cuatro permanecían sellados, y contenían los esqueletos de Wahtye, su madre, su esposa y sus hijos.
Aquí apareció la segunda gran anomalía. A diferencia de la ornamentación cuidada de la galería superior, los pozos inferiores no contenían sarcófagos de piedra ni ajuares de alta elaboración. Los cuerpos fueron depositados de forma apresurada en fosas sencillas, envueltos únicamente en lino básico, sin las complejas técnicas de momificación características del Antiguo Egipto.
El contraste es marcado: arriba, una capilla magníficamente decorada preparada durante años; abajo, entierros que parecen haberse hecho a las apuradas, todos juntos, sin tiempo para los rituales funerarios completos. Como si algo hubiera irrumpido de golpe y hubiera obligado a cerrar la tumba antes de completar los procedimientos.
Lo que revelaron los huesos
El análisis bioarqueológico y forense de los restos óseos quedó a cargo de la Dra. Amira Shaheen, profesora de reumatología de la Facultad de Medicina de la Universidad de El Cairo. El examen del esqueleto atribuido a Wahtye determinó que correspondía a un varón de aproximadamente 35 años al momento de su muerte. El cráneo presentaba rasgos gráciles y los puntos de inserción muscular eran poco marcados, lo que confirma que el individuo no realizaba trabajos físicos pesados, coherente con su condición de alto sacerdote.
Pero los huesos también mostraban patologías sistémicas que llamaron la atención de la Dra. Shaheen desde el primer momento:
Hiperostosis porótica. Porosidad anómala en la bóveda craneal y en el techo de las órbitas oculares (una lesión llamada técnicamente cribra orbitalia). Este marcador es una manifestación indicativa de anemia hemolítica o metabólica severa sostenida en el tiempo.
Distensión cortical y engrosamiento reactivo de los huesos largos de brazos y piernas, con expansión anómala de la cavidad medular. Es el tipo de alteración que aparece cuando el cuerpo expande el tejido hematopoyético —donde se produce la sangre— como respuesta prolongada a la destrucción masiva de glóbulos rojos.
Deformaciones articulares, con curvatura en las rodillas (genu valgum) y lesiones quísticas adyacentes que debieron causar a Wahtye dolor crónico e impedimentos de movilidad significativos durante los últimos años de su vida.
Los restos de su madre, Merit Meen, mostraron patrones osteológicos similares. Y los hijos —el hallazgo más impactante desde el punto de vista clínico— presentaban signos de estrés metabólico agudo compatibles con una enfermedad infecciosa fulminante, sin traumatismos externos ni evidencia de violencia.
Toda la familia había muerto de lo mismo. Al mismo tiempo. Y los huesos apuntaban a una única dirección.
La hipótesis de la Dra. Shaheen: malaria
La combinación de marcadores óseos identificados es compatible con cuadros graves de malaria provocados por protozoos del género Plasmodium, particularmente por Plasmodium falciparum, la cepa más letal de la enfermedad.
El mecanismo patogénico postulado es el siguiente: la infección por Plasmodium causa destrucción masiva de glóbulos rojos y episodios febriles agudos. En respuesta a esta anemia hemolítica sostenida, el organismo expande el tejido hematopoyético dentro de la médula ósea, lo que provoca el adelgazamiento de la tabla externa de los huesos planos y la hipertrofia porosa en el cráneo y los huesos largos. Precisamente las alteraciones observadas en los restos de Wahtye y su familia.
El escenario eco-ambiental encaja también. Las condiciones paleoclimáticas de la cuenca del Nilo durante el Imperio Antiguo generaban zonas estancadas tras las crecidas anuales del río, humedales ideales para la proliferación de mosquitos del género Anopheles, el vector transmisor de la malaria. Y las funciones administrativas de Wahtye —su cargo específico como "Inspector de la Barca Sagrada" lo obligaba a moverse por la red de canales del Nilo— lo exponían de manera constante al contacto directo con esos focos de infección. El contagio simultáneo de todo el grupo familiar sugiere una alta prevalencia del vector en la residencia o la irrupción de una cepa particularmente virulenta.
Por qué el hallazgo puede reescribir la historia médica
Aquí es donde el descubrimiento arqueológico se conecta con una implicancia médica actual. La malaria mata hoy a más de 600.000 personas al año en el mundo, según cifras de la Organización Mundial de la Salud, la inmensa mayoría en África subsahariana. Es una de las enfermedades infecciosas más antiguas y persistentes de la humanidad.
Pero, ¿desde cuándo exactamente convive con nosotros?
Hasta el hallazgo de Saqqara, la evidencia paleopatológica y textual más antigua documentada de malaria se remontaba aproximadamente al Imperio Nuevo egipcio, alrededor del año 1500 antes de Cristo. Textos médicos de esa época describen síntomas compatibles y algunos restos momificados de faraones posteriores mostraban marcadores biológicos coherentes con la infección.
Si los análisis de ADN antiguo (aDNA) realizados sobre la pulpa dental y el tejido óseo de los restos de Wahtye confirman la presencia molecular del parásito Plasmodium, este hallazgo se convertiría en la evidencia molecular directa de malaria más antigua registrada en la historia mundial de la medicina. El diagnóstico adelantaría la presencia documentada de la enfermedad en aproximadamente mil años respecto a las fuentes actualmente aceptadas.
Conviene aquí una nota de honestidad científica: la hipótesis planteada por la Dra. Shaheen es una interpretación paleopatológica fuertemente respaldada por los marcadores óseos observados, pero no un diagnóstico molecular confirmado. La confirmación definitiva depende de los análisis de aDNA, cuyos resultados finales son técnicamente complejos y requieren tiempo. Los marcadores óseos identificados también son compatibles, en menor medida, con otras patologías como talasemia severa o anemia falciforme. La comunidad científica espera la publicación formal de los resultados genéticos para cerrar el diagnóstico.
Un descubrimiento hecho por egipcios
La excavación de la tumba de Wahtye marcó también un hito metodológico distinto al de las intervenciones históricas en Egipto. A diferencia de las grandes campañas de los siglos XIX y XX —dirigidas casi siempre por instituciones europeas o estadounidenses, con arqueólogos locales relegados al trabajo de campo secundario—, este descubrimiento fue ejecutado íntegramente por un equipo egipcio: la dirección de Mostafa Waziri y el trabajo de terreno de Mohammad Yousef, Sabry Farag y su equipo, junto al análisis bioarqueológico posterior en la Universidad de El Cairo.
El proceso completo quedó documentado en el largometraje Secrets of the Saqqara Tomb (Los secretos de la tumba de Saqqara), dirigido por James Tovell y estrenado en Netflix en octubre de 2020. La producción, que fue vista por aproximadamente 22 millones de hogares en todo el mundo en sus primeros meses en la plataforma, registra el trabajo científico cotidiano, la extracción de los restos óseos y las discusiones paleopatológicas directamente en el sitio de excavación.
Lo que queda por descubrir
Las prospecciones en el entorno de la tumba de Wahtye siguen en curso. En un pozo cercano de 11 metros de profundidad, los arqueólogos hallaron la primera momia confirmada en la historia de un cachorro de león, datada del Período Tardío. También se recuperaron depósitos masivos de fauna momificada —gatos, aves rapaces, cocodrilos y escarabajos— sepultados en cajas de piedra, junto a ajuares funerarios, figuras ushebti, estelas votivas y hasta un tablero completo del antiguo juego ritual egipcio Senet.
La tumba de Wahtye es apenas una parte de un yacimiento que sigue entregando hallazgos. Pero si el ADN de sus huesos confirma finalmente la presencia de Plasmodium, este sacerdote de la corte de Neferirkare Kakai —un funcionario que probablemente usurpó su propia tumba, que murió a los 35 años junto a toda su familia, y cuyo esqueleto quedó sellado durante 44 siglos bajo el desierto egipcio— habrá dejado en herencia algo que él jamás imaginó: la evidencia más antigua conocida de una enfermedad que la humanidad, cuatro mil años después, todavía no logra derrotar.
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