10 años de la hazaña olímpica: Así se vivió el triunfo de Massú y González en Atenas
Por José Pablo Harz
Dos horas antes de la siguiente escena, Nicolás Massú se llevaba las manos a la cara, Fernando Solabarrieta pedía perdón por las lágrimas, Kristel Kobrich y la delegación chilena saltaban de emoción en las tribunas. Eran las dos de la mañana del 23 de agosto en Grecia y la devolución de Mardy Fish se acababa de ir ancha… Ahora, una treintena de chilenos esperan al héroe. Con copas de champaña servidas, la delegación nacional en Atenas 2004 comparte en el piso menos uno del edificio destinado para Chile dentro de la Villa Olímpica. Ahí -donde durante la competición hubo camas de masajes y una clínica improvisada- nadadores, esgrimistas, gimnastas, atletas, judocas y Fernando González celebran la segunda medalla de oro en la historia del país. La anterior se había conseguido 24 horas antes. El brindis era merecido.
Cerca de las cuatro mañana aparece Massú. Luego de pasar por su cuarto control antidoping del torneo y atender una vez más a la insaciable prensa, el tenista se une a los festejos. Pero antes de tomar una copa le pide un favor a todos los presentes: saca una polera blanca, un plumón verde y se acerca a cada uno para que se la firme. Igual que un aventurero que recorre el mundo por primera vez y recolecta firmas de las personas que lo marcaron durante la travesía. Era la tercera medalla de una semana inolvidable.
“Para mí fue una muestra de humildad lo que hizo, lo refleja como persona. Era increíble que a pesar de dormir casi nada y jugar seis horas, lo primero que hiciera después de ganar fuera sacar una polera para que la firmáramos nosotros”, recuerda Maximiliano Schnettler, en ese entonces nadador de 18 años y 48° de 71 participantes en los 100 metros libres en esos Juegos.
Schnettler fue uno de los primeros en firmar la polera tras la proeza.Crédito: archivo personal Max Schnettler.
Max era uno de los ocho integrantes de un departamento que guarda todos los secretos del paso de Massú y González por Atenas. Además de un pequeño living-comedor, una terraza y dos baños, había cuatro habitaciones con dos camas de una plaza. Los dos tenistas en una, Schnettler y Gian Carlo Zolezzi en la segunda, Patricio Rodríguez y Horacio de la Peña en la tercera y Rodrigo Bañados y Sandro Zolezzi en la última. Cuatro deportistas, tres entrenadores y un dirigente convivieron, con horarios dispersos, día a día durante el tiempo que duró la máxima cita deportiva mundial.
Las condiciones en la Villa eran totalmente opuestas a lo que vivían en el tour Massú y González, 14° y 21° de la ATP por esos días. Pasaron de alojar en hoteles cinco estrellas, a dormir en piezas compartidas y comer en platos de cartón junto a 15 mil deportistas. Además de eso, debían jugar prácticamente dos partidos diarios, más de 40 horas en cancha en total.
“Uno se puede acostumbrar a las camas chicas y hasta los olores ajenos también los termina soportando, pero lo que más nos alteraba es que como teníamos distintos horarios de partidos con Fernando, lo quisieras o no, el que se levantaba primero siempre le interrumpía el sueño al que en ese momento estaba descansando. Además estaban los nadadores que dormían en la habitación del lado y el ruido que hacían ellos también nos despertaba. Es que uno en los Juegos es una hormiga, tan solo uno más”, recordaba Massú en el libro digital El superhéroe de Atenas (2009) del periodista Nelson Flores.
Los primeros días hubo cierta distancia dentro del departamento. “No compartíamos mucho al principio, porque cada uno estaba concentrado en sus competencias y el tiempo era poco”, cuenta Gian Carlo Zolezzi, retirado de la natación desde el 2007 y actual director de deportes en el DUOC. Schnettler agudiza un poco más su memoria y dice que en las noches había espacio para conversar en el pequeño comedor. De esas charlas recuerda una anécdota con el que hoy es uno de sus buenos amigos: “Me habían llamado la atención unos audífonos blancos que todos los gringos tenían y un día se los vi a Fernando. Ahí me contó lo que era un Ipod. Me decía ‘es llegar, enchufarlo al computador y meterle música, hasta mil canciones. Mira huevón, mueve la ruedita’. Apenas llegué a Santiago me lo compré de caliente”. El amateurismo en los Juegos Olímpicos se respira hasta en las cosas más triviales.
Nacía una nueva amistad en la Villa Olímpica. González fue invitado de honor al reciente matrimonio de Schnettler.Crédito: archivo personal Max Schnettler.
A medida que la dupla histórica sumabavictorias en singles y dobles, los otros deportistas nacionales iban quedando en el camino en sus disciplinas y se uníana la creciente hinchada chilena que partido a partido iba añadiendointegrantes. “En los primeros partidos no había nadie. Eran en canchas chicas y había muy pocos chilenos. Para el partido con Kuerten (primera ronda) éramos como diez contra miles de brasileños con tambores”, explica Enrique Araos, uno de los pocos chilenos que tuvo la suerte de ver in situ toda la hazaña en tierras griegas. Araos también confiesa que tras la victoria en las semifinales de dobles ante los croatas Ljubicic y Ancic la comentarista Karen Bittner se puso a llorar: “Después me comentaron que para la final Solabarrieta le había copiado”.
Las victorias no se detuvieron y así cayó la primera medalla dorada en la historia olímpica del país. Luego de los match points salvados, los revolcones en el suelo y los masajes en camarines, Massú volvió al departamento. Esa noche, por primera vez, el viñamarino durmió solo en la pieza. De la Peña había dejado el lugar y González tomó esa cama para darle tranquilidad a su compañero: tenía pocas horas para dormir antes de volver a recorrer los 20 minutos que separaban la Villa del Centro Olímpico de Tenis.
El gran día había llegado y la ansiedad le jugó una mala pasada al deportista más cabalero de Chile. Zolezzi y Schnettler coinciden en que la siguiente escena es un fiel reflejo de la personalidad de Massú. De su intenso estilo de vida.
Massú estaba en el camarín a pocos minutos de salir a la cancha para enfrentar a Mardy Fish. El cansancio no lo había dejado calentar junto al Pato Rodríguez y, a esa altura, lo que pasaría en la final era una incógnita. Pero el tenista no podía concentrarse. Un detalle no lo dejaba tranquilo: las zapatillas con las que había ganado el torneo de dobles se habían quedado en el departamento y era imperioso que jugara con exactamente las mismas. Las mandó a buscar, pero no las pudieron encontrar y a pesar que le entregaron unas réplicas exactas, él no estaba tranquilo.
–¿Dónde están las zapatillas? ¡Las zapatillas por favor!– grita Massú mirando al doctor Alejandro Orizola, después de quedarse con el primer juego de la final.
–No están, no hay zapatillas– contesta el médico de la delegación chilena.
–Cómo no van a estar. No puedo jugar con estas huevás, me molestan.
–No te molestan nada. Juega.
Massú medita luego de cuatro horas de partido y de ganar su segunda medalla de oro.Crédito: El Superhéroe de Atenas.
Ese diálogo entre Massú y Orizola se extendió por casi todo el primer set. Al contrario de lo que reflejan las palabras del tenista, la cuenta le favorecía por 5-0. Y él, con la cabeza, supuestamente, en otro lado. Así pasaron las cuatro horas de partido. Los reclamos y alientos mantuvieron vivo a un cuerpo totalmente agotado. Eso hasta que ese bendito revés se le fue ancho a Fish y todo comenzó a pasar en cámara rápida: el abrazo con Rodríguez; el podio con González; el contacto en vivo con todo Chile; el enésimo control antidoping; el brindis con sus nuevos amigos; el beso a las medallas antes de ponerlas debajo de la almohada donde se quedaron más tiempo del deseado; el vuelo a Nueva York para jugar el US Open; las felicitaciones de Andre Agassi; el recibimiento de un país agradecido. Una nueva vida que cumple 10 años esta semana.
Foto: UPI