Ni Lula ni Bolsonaro

Da Silva y Bolsonaro son, probablemente, los dos apellidos más gravitantes de la política brasileña del siglo XXI. Referencias inequívocas de izquierda y derecha, capaces de despertar pasiones y rechazos. Pero hay un tercer protagonista en esta elección presidencial que merece tanta atención como ellos: la abstención.

Más de 33 millones de personas no acudieron a las urnas en la primera vuelta, lo que representa más del 21% del padrón electoral, pese a que el voto es obligatorio.

Es como si el clásico Flamengo-Fluminense no llenara el Maracaná. O como si el carnaval de Río perdiera, de golpe, a una quinta parte de su público.

Por eso, más allá de la sorpresiva victoria del senador Flávio Bolsonaro (47,03%) sobre el presidente Luiz Inácio Lula da Silva (45,16%), es indispensable poner atención también en aquellos -decenas de millones- que parecen haber dejado de escuchar a la política. O, más bien, a los políticos. Y añadir otros tantos -quizás también millones- que votaron, pero en modo de castigo para impedir que ganara el otro. No necesariamente por convicción.

Esa diferencia es crucial. Una democracia puede convivir con la competencia ideológica. El problema aparece cuando votar deja de ser una expresión de adhesión para convertirse únicamente en una forma de rechazo. Porque una democracia no se debilita sólo cuando menos personas concurren a las urnas; también cuando quienes participan sienten que deben escoger entre lo que consideran el mal menor. En ambos casos, el resultado es el mismo: un presidente cada vez más distante de la ciudadanía.

“Brasil quiere cambio”, repitió Bolsonaro durante la campaña. Pero ¿realmente sabemos qué cambio quiere la mayoría de sus ciudadanos? ¿Querrán el indulto que le daría a su padre, el expresidente Jair Bolsonaro, condenado por intento de golpe de Estado? ¿Su idea de reducir el poder de los jueces o cambiar la Constitución?.

Lula arremete diciendo “no se puede confiar en Bolsonaro”, pero ¿se puede confiar plenamente en un mandatario sentenciado por corrupción?. Si bien el Tribunal Supremo anuló sus condenas, hasta hoy no se acredita su inocencia.

El problema es que ambos candidatos concentran no solo adhesiones, sino también un extraordinario nivel de rechazo. En las últimas encuestas la aprobación alcanza cifras récord: 54% Lula y 56% Bolsonaro. Para qué decir la de los partidos políticos. De acuerdo al estudio de Latinobarómetro, apenas un 16% de los brasileños confía en ellos. Incluso menos que el ya famélico promedio de toda América Latina, de 17%.

No es un dato menor. Tal como buena parte de América Latina, Brasil parece atrapado entre dos liderazgos que movilizan a sus bases, pero no consiguen entusiasmar a una parte considerable del país. La polarización tiene también una paradoja: puede hacer mucho ruido y, al mismo tiempo, esconder el silencio de quienes no se sienten representados. Las redes sociales, los discursos confrontacionales y las disputas entre las dos grandes trincheras pueden dar la impresión de que todo el país se movilizó, cuando realmente una parte significativa se alejó. Y esa distancia no es solo social, también es política.

¿Están entendiendo lo que quiere su país o simplemente buscan meter un gol a su rival? Ni siquiera las encuestas parecen haber logrado dimensionar el verdadero sentimiento de los votantes. Los principales sondeos subestimaron el resultado de Bolsonaro y proyectaron una primera vuelta que favorecía a Lula, pero Flávio logró imponerse.

Es cierto que, en elecciones recientes, la tasa de abstención en Brasil ha estado cercana al 20%. También que el costo de no votar es ínfimo: menos de 700 pesos chilenos de multa. Sin embargo, en los momentos en que se necesitaba más y no menos democracia, sus ciudadanos salieron en masa a las urnas. Y hoy, frente a un desencanto y una polarización que siguen al alza, se necesita aún más de esas voces convocantes y menos discursos de odio y confrontación. Hay que devolverle sentido a la participación.

Eso debiese ser clave en las propuestas y en el ambiente de cara al balotaje del 25 de octubre. No se trata simplemente de votar por Lula o Bolsonaro. Es entender que la ciudadanía precisa de una idea de país, que sus demandas sean escuchadas y que exista certidumbre frente a un mundo cada vez más complejo.

Porque cuando 33 millones de personas deciden quedarse en casa, el silencio también es un mensaje.