Columna de Mauricio Morales: "El Congreso es importante, pero no es tan relevante"

Por Mauricio Morales, doctor en Ciencia Política, profesor titular, Universidad de Talca-Campus Santiago. 
 
"El Congreso es importante, pero no es tan relevante". Esto dijo José Antonio Kast a mediados de agosto del año pasado en plena campaña presidencial. Para algunos, fue una afirmación temeraria pues, en el fondo, el candidato del Partido Republicano expresaba abiertamente su inclinación a gobernar por decreto. Para otros, no fue más que una constatación derivada de las atribuciones ejecutivas de los ministerios y servicios públicos.

En consecuencia, lo que estaba diciendo Kast es que muchas de sus promesas de campaña no dependían de la aprobación de algún proyecto de ley. A diferencia del actual gobierno que se jugó la vida en un proceso constitucional, Kast comunicaba que su gestión política podía desarrollarse sin entrar permanentemente en negociación ni conflicto con el Congreso.

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Si lo anterior es cierto, la composición de un gabinete con histórica presencia de independientes tiene todo el sentido del mundo. Kast alejó a los partidos porque, en principio, no necesitará de ellos. Por tanto, si los partidos son irrelevantes para la organización del Ejecutivo, también lo serán a nivel legislativo. ¿Qué implica esto? Muy simple. El gobierno de Kast no será reformista ni transformador, si entendemos esto último como el intento de realizar cambios sustantivos al modelo político o económico de nuestra democracia, asuntos que necesariamente deben ser discutidos en el Congreso, lo que supone integrar al debate a los partidos políticos más relevantes.

El gobierno de Kast será de gestión. Es decir, su éxito dependerá de los resultados a nivel de políticas públicas y no del número de proyectos de ley que sean aprobados por el legislativo. Kast, entonces, hará uso de todas las atribuciones propias del presidencialismo, pero sin entrar al campo minado que representa el Congreso, con 17 partidos hasta ahora. Digo “hasta ahora” porque seis partidos serán disueltos previo al 11 de marzo.

Lo anterior tiene puntos a favor y puntos en contra. El punto a favor es que el Gobierno volcará la agenda casi en su integridad a los ministerios y subsecretarías. Probablemente, tengamos a los ministros con mayor minutaje televisivo y a los presidentes de partidos más ausentes desde el retorno de la democracia, lo que traerá como consecuencia efectos positivos sobre la aprobación presidencial si los resultados acompañan la gestión de Kast.

El punto en contra es que si los resultados están por debajo de las expectativas de los chilenos, este modelo presidencialista tendrá corta vida, obligando a Kast a volver de rodillas a los partidos de los cuales renegó. Además, si se produce una especie de anemia legislativa, los diputados y senadores tendrán que arreglárselas de alguna manera para sobrevivir comunicacionalmente. 

Es peligroso tener legisladores con tiempo libre. El Gobierno, en este escenario, se convertirá en el blanco perfecto para aquellos congresistas ávidos de cámaras y luces. Si son ignorados por el Gobierno, tratarán a toda costa de recuperar protagonismo. Por tanto, Kast debiese presentar algunos proyectos de ley que sirvan como entretención o distracción para los legisladores, pero en los cuales no se juegue necesariamente el destino de su administración.

Kast deberá evaluar de manera muy estricta este modelo político de gestión presidencial. En principio, cuadra con el mandato relativo a abordar las distintas emergencias. No hay tiempo, en la lógica del nuevo gobierno, para trenzarse en una disputa sin cuartel con el Congreso. Sin embargo, Kast debiese tener muy en mente que su gabinete es frágil desde el punto de vista político, y que de tanto ignorar a los partidos, estos cobrarán un precio muy alto cuando él los necesite.

Es más. Kast debiese tomar nota sobre la entrada de un elefante a la cristalería. Me refiero al retorno de Pablo Longueira a la UDI. Si alguien cree que Longueira viene como un militante más, está totalmente equivocado. Longueira regresa a reponer el alma más tradicional de la UDI y a recuperar el respeto extraviado por una sucesión de directivas cuyos resultados político-electorales han sido mediocres. Si Longueira se toma la UDI, Kast deberá aplicar toda la astucia posible para mantener una relación sana y evitar un desembarco desproporcionado del gremialismo cuando se produzca una crisis mayor.

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