Chileno condenado en Malasia: "No quería vivir, le rogaba al universo que me llevara en el sueño"
- Por Meganoticias
¿Qué pasó?
Felipe Osiadacz relató por primera vez su experiencia en la cárcel de alta seguridad de Malasia tras ser declarado culpable, junto a su amigo Fernando Candia, del delito de homicidio culposo de Yusaini Bin Ishak, en el hotel en el que se estaban hospedando.
¿Qué dijo sobre el incidente?
Osiadacz recordó ese día en Kuala Lumpur: “Vi llegando a mi amigo Fernando, seguido de una persona más. Le pregunté ‘¿qué está pasando?’ y me dijo que lo venía siguiendo por varias cuadras y que le había ofrecido servicios sexuales. Me dijo que no sabía cómo sacárselo de encima. Le pregunté a esta persona qué quería y me respondió ‘antes de subir a la pieza me tienes que pagar’. Le dije, en inglés: ‘antes de subir a la pieza para qué, si mi amigo te ha dicho que no, de qué estás hablando’. Luego esta persona nos bloqueó las puertas y gritó: ‘Yo seguí a tu amigo por 10 minutos, me tienen que pagar por el tiempo que perdí’”, dijo en una entrevista con La Tercera.
Tras un fuerte forcejeo, Yusani Bin Ishak falleció luego que los chilenos lo mantuvieran retenido en el suelo. Sin embargo, ambos volvieron a Chile en medio de una apelación de la fiscalía en ese país y que buscaba una sentencia de tres años para los dos.
Los primeros días detenidos
Acerca de su detención, señaló que “después que nos arrestaron nos pasaron una ropa naranja, defecada, con orina, rota y tienes que dormir en el piso sin almohada ni frazadas, con temperaturas que te hacían transpirar todo el día y, en la noche, mucho frío. En esos días me conté en el cuerpo más de 120 picadas de zancudo, después ya ni me preocupé de seguir contándolas. Estaba literalmente como un perro. En los primeros días bajé cuatro o cinco kilos, no había nada nutritivo para comer. Pero lo peor eran los gendarmes que me amenazaban y simulaban con sus manos la figura de una horca; me decían ‘¿crees que vienes acá a matar gente?, bueno, vas a morir’”.
Arrepentimiento
En cuanto a si está arrepentido por la víctima, el joven dijo que sí lo estaba: “Sí, sentí culpa y me arrepentí de la situación. Cuando pasaron los meses siempre sentí culpa porque una persona terminó muerta. No fue un ojo morado, aquí una persona murió y eso no va a cambiar nunca”.
Drogas en la cárcel
Felipe recalcó que mientras estuvo encerrado, vio circular “metanfetamina, marihuana, pastillas tipo éxtasis. La forma que tenían para entrar la droga era pagarle a la persona de rayos X. También le pagaban a los gendarmes para que abrieran las puertas y que así pudieran hacer las ventas. De hecho, esa era una de las razones por las que las puertas de las celdas estaban siempre cerradas, ya que para los gendarmes era lucrativo cobrar por abrirlas. Me ofrecían droga gratis para tratar de hacerme adicto, pero nunca acepté. Era cosa de ver cómo vivían los adictos para saber que no quería terminar como ellos”.
Añadió también que “hubo seis meses que estuve encerrado en la pieza y que no me abrieron la puerta, la mitad de un año no pudimos salir de una celda de 14 metros cuadrados. No teníamos ni permiso para salir 15 minutos a caminar ahí mismo en el block. Seis meses, éramos diez personas y el único espacio que tenía era donde cabía mi cuerpo. Estuve con ucranianos, chinos, nigerianos y malasios. Hubo hartos conflictos”.
Declaración de culpabilidad
“Jamás me hubiese declarado culpable porque yo y los abogados sabíamos que no había tenido la intención de hacerle daño a nadie y que las pruebas corroboraban lo que dije desde el primer momento. Pero lo hice porque la justicia en Malasia no me iba a dejar ir así como así”, aclaró Osiadacz.
Llanto y shock tras enterarse de la apelación
Cabe señalar, que ni Felipe ni Fernando esperaban que la fiscalía apelara, por lo cual su primera reacción fue de desesperación: “Empecé a llorar y entré en shock, no me cabía en la cabeza, no entendía por qué. Después de eso me llevaron a la pieza y me terminé enfermando, dejé de comer, empecé a defecar sangre, tenía espasmos en el estómago, ya estaba flaco de antes, pero en ese momento llegué a pesar 59 kilos y mido 1,81. No tenía ánimo de nada, no quería vivir, le rogaba al universo que me llevara en el sueño”.
El libro
Entre los planes próximos de Felipe está escribir un libro con su experiencia y cómo logró salir adelante “en un ambiente hostil, con una cultura y un idioma distintos, con la perspectiva de morir en la horca y alejado de todos mis seres querido”.
“El libro, a su vez, puede interpretarse como una denuncia a las condiciones de vida del sistema carcelario y judicial malasio. Quiero que los lectores se den cuenta de cómo se atropellan los derechos humanos en esos lugares y no sólo de mis vivencias particulares. Hay quienes viven algo así y dicen ‘bueno, alguien se irá a encargar’. Yo no podía seguir trabajando y hacer borrón y cuenta nueva si sé que hay personas que lo siguen viviendo por años, día tras día, hora tras hora, hasta que se mueran. Tengo un compromiso moral y social de ayudarlos”, finalizó.
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