¡Qué me importa la Inteligencia Artificial!

Empecé a escribir esta columna viajando como pasajero en un auto sin conductor por una amplia y luminosa autopista de San Francisco, Estados Unidos. Miro por la ventana y veo otros dos vehículos sin nadie al volante. Ambos respetan la velocidad máxima. En uno de ellos el copiloto duerme. Nuestras vidas dependen de una máquina que toma decisiones a partir de sensores y algoritmos. A ese nivel hemos llegado y me pregunto ¿Está bien delegarle cada vez más funciones a la tecnología?.

Irónicamente, mientras pensaba en lo mucho que disfruto manejar y en la falta que me hacía el chofer al volante nos adelanta un Tesla. Del asombro pasé a la decepción cuando vi a su conductora pintándose las uñas. No sabía qué sistema automatizado movía a ese auto, pero lo que sí me quedó claro fue la confianza que le había entregado a la máquina.

Dejé el celular a un lado y comencé a fijarme en los detalles. Por los costados de la carretera desfilan gigantografías y ¡sorpresa!: la mayoría de las que alcancé a leer invitan a invertir en IA y pensé en el valor del trabajo, porque claramente no fueron diseñadas por personas. Estoy en un auto que no necesita chofer humano, en la meca de las empresas conocidas como las “big tech”, y donde todo induce a sumergirse en una incubadora que promete ser la mayor revolución tecnológica de todos los tiempos.

La escena me recordó a un conocido humorista chileno que en su rutina del Festival de Viña del Mar, ironizó sobre nuestra obsesión con los avances tecnológicos. Que el cohete que se devuelve solo, que los robots, que la Inteligencia Artificial, ¡que me importa la Inteligencia Artificial! exclamó ante las risas. El chiste cala hondo porque expone una realidad incómoda. ¿Puedo darle la espalda a un tsunami esperando que no me afecte?.

Veamos los datos: Según el AI Index 2026 de Stanford, el 88% de las organizaciones encuestadas a nivel global ya utiliza IA. En Chile, el panorama es idéntico: el estudio Sonda Tech Trends 2026 reporta que también el 88% de las empresas locales interactúa con esta tecnología. Es fácil caer en espejismos. Si volvemos al caso de la conductora del Tesla, las cifras revelan más entusiasmo que pericia: el mismo informe chileno acusa que más de la mitad de esas organizaciones sólo tiene "ideas generales" sobre lo que está haciendo. No basta con abrir el chat GPT, Gemini, Claude u otros y dar todo por resuelto.

Aún así los beneficios existen. La OIT, considera que la IA generativa ha mejorado la productividad de los trabajadores en determinadas labores, pero esto aún no se traduce en incrementos parejos de ganancias, ni en más tiempo libre fuera del entorno laboral. La evidencia establece que, al menos en esta etapa del despliegue, el impacto de la IA no ha significado la pérdida masiva de puestos de trabajo, sino más bien una reorganización.

La amenaza puede llegar sin una carta de despido. La duda es ahora ¿cómo van a adquirir experiencia los jóvenes si desaparecen las oportunidades para comenzar? ¿De dónde saldrán los profesionales experimentados que necesitaremos mañana?.

Por eso en medio del ruido de las cifras, la euforia tecnológica y las profecías sobre la inminente rebelión de las máquinas, una máxima se mantiene de pie: las personas no se vuelven obsoletas, sus habilidades sí y junto con preguntarnos qué habilidades necesitamos, debemos discutir quién asume los costos del cambio y cómo se reparten sus beneficios.

El futuro está cambiando a una velocidad vertiginosa. Cuesta digerir tanto. No solo hay robotaxis, ya hay robots humanoides teleoperados que hacen el aseo en las casas por 30 mil pesos la hora. Y viene más.

Por eso me sumo a quienes piden bajar la velocidad en determinados despliegues de alto impacto, cuando todavía no existen evaluaciones suficientes ni mecanismos claros de control y responsabilidad, a no olvidar el sello distintivo del ser humano: ser adaptable. Si esto significa regular, conducir o limitar el desarrollo, bienvenido sea el debate informado y ojalá representativo de la mayoría y no solo de unos pocos.

Bill Gates propone discutir una categoría de tareas “reservadas para humanos”. La idea merece atención.