Estuvo hundida bajo el mar durante más de mil años y muchos la creían un mito: la ciudad egipcia que confirmó a Heródoto
- Por Meganoticias
Durante más de mil años, existió solo en unos pocos pasajes escritos por historiadores griegos. Heródoto la mencionó en el siglo V antes de Cristo describiendo un gran templo erigido donde el héroe Heracles habría pisado por primera vez suelo egipcio. Estrabón la situó geográficamente en la boca canópica del río Nilo, unos siglos después. Y desde entonces, hasta hace poco más de dos décadas, no había nada más. La ciudad se había hundido bajo el mar en algún momento del siglo VIII después de Cristo y desapareció por completo del mapa.
Se llamaba Thonis-Heracleion, y fue durante casi un milenio el principal puerto comercial, aduanero y religioso del Egipto faraónico en el Mediterráneo. Cuando Alejandro Magno fundó Alejandría en el año 331 antes de Cristo, Thonis-Heracleion llevaba ya varios siglos siendo la puerta obligatoria por la que ingresaba todo barco griego rumbo al Nilo. Y sin embargo, durante siglos de exploración egiptológica moderna, nadie sabía dónde estaba.
Hasta que en el año 2000, un arqueólogo subacuático francés llamado Franck Goddio decidió buscarla en el lugar que sospechaba: no en tierra, sino a 6,5 kilómetros de la costa actual de Alejandría, a diez metros de profundidad bajo el Mediterráneo, en la bahía de Aboukir.
Una ciudad que solo existía en los textos antiguos
Los pocos autores clásicos que la mencionaron dejaron pistas suficientes como para saber que había existido, pero no las suficientes como para localizarla. Heródoto, en el siglo V a.C., describió un gran templo dedicado a Heracles en el lugar. Estrabón, ya en época romana, la situó al este de Canopo, en la desembocadura de la rama canópica del Nilo.
Durante décadas, los historiadores modernos ni siquiera estuvieron de acuerdo sobre si "Thonis" y "Heracleion" eran dos ciudades distintas o una sola. Los textos egipcios mencionaban a la primera. Los textos griegos, a la segunda. Ambas parecían estar en la misma zona geográfica, pero no había manera de confirmarlo sin evidencia material.
Franck Goddio, fundador del Instituto Europeo de Arqueología Submarina (IEASM), comenzó las prospecciones sistemáticas en la bahía de Aboukir a fines de los años 90 en cooperación con el Consejo Supremo de Antigüedades de Egipto. El equipo utilizó magnetómetros de resonancia nuclear, ecosondas multihaz y perfiladores de subfondo para cartografiar un área de 11 por 15 kilómetros de lecho marino. Después de años de trabajo metódico, aparecieron los primeros indicios.
La estela que resolvió un enigma epigráfico de siglos
El hallazgo que cambió todo fue el de un monolito de granodiorita negra de dos metros de altura, tallado por orden del faraón Nectanebo I alrededor del año 380 antes de Cristo. Se la conoce como la Estela de Sais. Su texto jeroglífico establecía con precisión que debía ser erigida:
"en la boca del mar de los Hanebu, en la ciudad cuyo nombre es The-hône-of-Saïs".
The-hône-of-Saïs es la transcripción moderna del topónimo egipcio Thonis. La estela había sido encontrada bajo el agua, en el mismo yacimiento arqueológico donde años después Goddio encontraría también una segunda pieza clave: una réplica jeroglífica del Decreto de Canopus del año 238 a.C., emitido bajo el reinado de Ptolomeo III. La versión egipcia del decreto mencionaba el templo de "Amún-Gereb a la entrada de la hône". La versión paralela en griego traducía el nombre del lugar como "Heracleion".
Era la prueba definitiva. Thonis era el nombre egipcio original. Heracleion era el nombre helénico del mismo lugar, adoptado por los mercaderes griegos a través del sincretismo religioso: el dios egipcio Khonsu, hijo de la tríada tebana, había sido asimilado al Heracles del panteón griego. La ciudad tenía un solo emplazamiento, dos nombres, y había estado ahí todo el tiempo bajo el Mediterráneo.
Ship 17: el barco que probó que Heródoto tenía razón
Entre los más de 60 naufragios y 700 anclas de piedra y hierro localizados en las antiguas cuencas portuarias de Thonis-Heracleion, uno en particular resolvió un debate historiográfico de más de veinticinco siglos. La embarcación catalogada como Ship 17 se encontró con el 70% de su casco preservado bajo una capa protectora de arcilla y arena. Medía 28 metros de longitud.
En el pasaje 2.96 de sus Historias, escrito hacia el año 450 a.C., Heródoto había descrito con inusual detalle técnico la construcción de unas barcas fluviales egipcias llamadas baris. Su descripción decía, en resumen, que estas embarcaciones se fabricaban con tablas cortas de acacia ensambladas como si fueran "hiladas de ladrillos", unidas por espigas largas, sin cuadernas internas tradicionales, con calafateado interior de fibras de papiro, y un sistema de gobierno único que consistía en un remo-timón axial que pasaba a través de una abertura hecha en la propia quilla.
Durante veinticinco siglos, los historiadores de la arquitectura naval habían mirado esta descripción con escepticismo. Ningún barco así había sido encontrado jamás. Se llegó a considerar que Heródoto simplemente había malinterpretado lo que vio.
El análisis de Ship 17, realizado por el arqueólogo Alexander Belov bajo los auspicios del IEASM y del Oxford Centre for Maritime Archaeology, confirmó punto por punto la descripción del historiador griego. El casco estaba construido con tracas de Acacia nilotica ensambladas en hiladas escalonadas exactamente como Heródoto había escrito. Estaban unidas mediante espigas transversales internas de hasta 1,99 metros de longitud que atravesaban hasta once tracas continuas. No había cuadernas internas tradicionales. Y en el sector de la quilla se conservaba la abertura axial rectilínea para el paso del timón, un elemento completamente ajeno a la tradición náutica griega.
Heródoto había dicho la verdad. Solo hizo falta esperar dos milenios y medio para poder probarlo.
Cestas de mimbre con fruta fresca de hace 2.400 años
Entre los descubrimientos más recientes del yacimiento hay uno que sigue sorprendiendo a los especialistas en arqueología marina. En 2021, en el sector correspondiente a un túmulo funerario griego del siglo IV a.C., el equipo de Goddio encontró varias cestas de mimbre selladas en una cavidad subterránea. Su contenido estaba prácticamente intacto: frutos de doum —una palmera africana considerada sagrada en el antiguo Egipto— y pepitas de uva.
La ausencia de oxígeno en el entorno de arcilla sellada creó condiciones anaeróbicas que impidieron la descomposición microbiana durante más de 2.200 años. Es uno de los hallazgos de preservación orgánica más notables de toda la arqueología marina mundial.
El túmulo había sido sellado tras las ceremonias funerarias de algún residente griego de la ciudad y permaneció cerrado durante siglos sin ser saqueado, incluso mientras Thonis-Heracleion seguía habitada. Cuando la ciudad se hundió, quedó protegido bajo el limo del Mediterráneo hasta que los buzos de Goddio lo encontraron.
Cómo se hundió una ciudad entera: el fenómeno de la licuefacción del suelo
La desaparición física de Thonis-Heracleion no fue un evento único, sino un proceso en dos etapas separadas por casi mil años.
El primer cataclismo ocurrió a mediados del siglo II antes de Cristo. La ciudad estaba construida sobre un entramado de islotes deltaicos compuesto por capas alternadas de arena fina y arcilla saturada de agua, un sustrato geológicamente inestable. Cuando un terremoto de gran magnitud sacudió la región del Mediterráneo oriental, el enorme peso de la arquitectura monumental —especialmente los colosales bloques de granito del templo de Amún-Gereb— provocó un fenómeno conocido como licuefacción del suelo: las sacudidas aumentaron la presión del agua entre los poros del sedimento, y la arena y la arcilla perdieron instantáneamente su cohesión mecánica y comenzaron a comportarse como un fluido denso.
El templo de Amún-Gereb se derrumbó directamente sobre el canal principal de la ciudad. Colosales bloques de piedra cayeron sobre los barcos que estaban amarrados a los muelles. Una galera militar ptolomeica de 25 metros de eslora quedó sepultada bajo tres metros de arcilla dura y bloques de templo, exactamente en el lugar donde estaba anclada aquel día.
La ciudad no desapareció por completo. Continuó habitada, cada vez más reducida, durante toda la época romana. El golpe definitivo llegó en el siglo VIII después de Cristo, cuando otro sismo mayor y un tsunami posterior, combinados con el paulatino aumento del nivel del mar y la subsidencia tectónica de la costa del delta, sumergieron por completo lo que quedaba del asentamiento.
Y sin embargo, apenas se ha explorado el 5% del yacimiento
Después de más de dos décadas de excavaciones continuas y miles de artefactos catalogados que hoy nutren las colecciones del Gran Museo Egipcio de Guiza y del Museo Nacional de Alejandría, las estimaciones oficiales del propio Franck Goddio son sorprendentes: apenas entre el 3% y el 5% de la extensión total del yacimiento ha sido investigado hasta ahora.
Bajo los sedimentos de la bahía de Aboukir siguen enterrados los restos de calles, viviendas, almacenes, muelles, embarcaciones, santuarios secundarios y probablemente cientos de artefactos rituales, comerciales y cotidianos de una ciudad que fue durante casi mil años uno de los grandes centros del comercio internacional del Mediterráneo antiguo. La estatuaria monumental que ya se recuperó incluye colosos de granito rojo de cinco metros de altura representando faraones, reinas y a la deidad Hapy, encontrados prácticamente intactos en el fondo del mar.
Thonis-Heracleion es, en definitiva, uno de los grandes yacimientos arqueológicos submarinos del mundo. Confirmó lo que Heródoto había escrito hace 2.500 años, resolvió un enigma epigráfico que había desconcertado a los egiptólogos durante décadas y demostró que, a veces, las ciudades perdidas no están perdidas: solo están esperando, en silencio, bajo el agua.
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