Ojos bien cerrados
Las tragedias no siempre pueden evitarse, pero muchas de sus consecuencias sí, aunque no a ciegas. Así es imposible e infructuoso. Un pronóstico del tiempo acertado no basta frente a una lluvia torrencial, una inundación repentina, un aluvión. Se necesitan instrumentos capaces de detectar estos fenómenos, seguir su evolución y advertir oportunamente a la ciudadanía. ¿Por qué no contamos con ellas?, ¿hasta cuándo seguiremos pasivos frente a la urgencia de exigir “el desde”?.
El sábado 31 de enero, en apenas 5 minutos, cayeron casi 11 milímetros de agua sobre un sector de Maipú anegando villas completas. Un “reventón húmedo”, es decir, el colapso de una nube de tormenta cargadisima de agua inundó zonas como El Abrazo, Los Castaños, Barrio Oeste, Rinconada. Meses después, el 8 de octubre, un evento similar generó un gigantesco aluvión en Las Condes. Una semana antes, una inundación repentina había afectado a Lota Bajo, en la región del Biobío. Tornados en Maule, Ñuble, trombas en Los Lagos. Una seguidilla de hechos que pusieron a prueba nuestra capacidad de respuesta. Pensábamos que eso era todo, pero no.
Este 14 de octubre un tornado voló techumbres en Estación Central, fuertes granizos y 8,5 milímetros de agua en solo 17 minutos colapsaron las calles de la capital y no solo eso, cientos de viviendas quedaron dañadas y sin luz por varias horas. Incluso estaciones de Metro se cerraron. Así, la lista suma y sigue. Y, cuidado, que 2027 puede ser aún más intenso.
Eventos extremos que, se advirtió, podrían ocurrir y no hubo alertas para poder resguardarse a tiempo. ¿por qué?, mucho se habla de los radares meteorológicos, pero conviene dimensionar correctamente su aporte. Estos equipos no son una solución en sí mismos, sino una herramienta que permite mejorar la observación y el seguimiento de determinados fenómenos atmosféricos. Su información puede contribuir a perfeccionar los pronósticos y apoyar la toma de decisiones, pero no garantiza que todo pueda anticiparse, ni evitar sus consecuencias. Además, contar con ellos no es algo que pueda resolverse de un día para otro. Desde que se inicia el proceso de adquisición hasta su instalación y puesta en funcionamiento pueden transcurrir un par de años.
Las intenciones para adquirirlos no han faltado, desde mayo de 2019 cuando sendas formaciones tornádicas arrasaron con algunas zonas de Los Ángeles, Concepción y Talcahuano. Pero, la pandemia y el estallido social frustraron esta idea. El Delegado Presidencial de la Región Metropolitana, Germán Codina, ya adelantó que el Gobierno estudia adquirir dos de estos instrumentos. Al menos ya se han avanzado los estudios de impacto de riesgo y ante ello su instalación no puede entenderse como una simple compra tecnológica. Requiere una estrategia que incorpore especialistas capacitados, sistemas de comunicación eficaces y protocolos de emergencia capaces de transformar los datos en decisiones concretas, aunque ojo, estos equipos no reemplazan los sistemas de pronóstico.
El calentamiento global sostenido, que se complementa con “El Niño” más fuerte del que se tenga registro hasta ahora, ha cambiado lo conocido en el ámbito meteorológico en Chile y el mundo. Cada tormenta que pasa deja una huella imborrable para quienes sufren sus consecuencias.
Entonces, los radares meteorológicos son una deuda que el Estado debe saldar sin nuevas postergaciones, aunque no hay que venderlos como una solución milagrosa. Anticiparse es fundamental, pero no a ciegas. No con los ojos cerrados.
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